Al entrar en el templo artístico que Nevenka Pavic tiene en el edificio Freixas del barrio de Santa Eulàlia de L'Hospitalet, La Gloria Factoría de Arte, se hace evidente que el arte es su vida y que no separa la vertiente personal del trabajo. El último piso de este antiguo edificio industrial ofrece unas vistas magníficas mezcladas con un silencio casi sepulcral que solo queda interrumpido cada vez que pasa el tren por una vía, situada justo al lado, que divide la ciudad en dos realidades. Esta artista multidisciplinar chilena, en cambio, consigue unir a la gente y los barrios con el arte del mosaico.
Estamos en la Gloria Factoría de Arte, en el barrio de Santa Eulàlia de L'Hospitalet. ¿Qué es exactamente este espacio?
Esto es una asociación sin ánimo de lucro de la que yo soy la presidenta y desde donde gestionamos diferentes proyectos comunitarios, sobre todo a través de la cerámica y del mosaico.
Explicabas en un vídeo que nació de la necesidad de poder trabajar de forma conjunta diferentes artistas que necesitabais un espacio.
Sí. Al principio la asociación nace como un lugar donde diferentes artistas nos uníamos para tener la infraestructura que necesitábamos, sobre todo porque un oficio como la cerámica requiere mucha maquinaria. Y también estaba abierto a otras disciplinas. Pero ahora estoy dando el paso para que el espacio se vincule con la asociación y con los proyectos comunitarios que hacemos.
De hecho, podríamos decir que el coworking casi se inventó aquí, ya que empezasteis en 2001 y entonces esta palabra prácticamente no existía…
Sí, y era algo que en Chile yo ya hacía. Ya compartía espacios. Y cuando vine aquí, pensé en replicar la misma idea.
Cuando entraste aquí, lo has explicado muchas veces, no había nada. Ahora, precisamente, hay muchas cosas. Parece un santuario…
Es una especie de museo o un santuario donde creamos. Y tiene toda una historia de gente que ha pasado por aquí. Relata una trayectoria de vida y de arte.

Ha explicado que, en el 2000, cuando llegó aquí venía de paso, y que se quedó porque encontró este local. ¿Qué le vio de especial?
Buscaba un espacio para compartir en Chile, pero no lo encontraba porque todo era muy caro. Y entonces vine de viaje y lo encontré aquí. Di el paso, aunque significara empezar de cero.
¿Y qué te transmitió al principio?
Lo que más me gustó fueron estas vistas y la luz que tiene, porque era lo primero que eché de menos cuando vine a Barcelona. Estaba acostumbrada a espacios grandes y luminosos, y de repente todo era húmedo, oscuro, gótico… Y que estaba muy cerca de todo, más allá de que fuera en otra ciudad.
Al principio tu idea debía ser la de instalarte en Barcelona y no en L'Hospitalet.
Vine a visitar a una persona que tenía un taller aquí, y por eso acabé descubriendo el edificio Freixas. Y como venía de una ciudad muy grande, Santiago de Chile, decía: “Esto está al lado de Barcelona, está a 20 minutos en bici”. Y en transporte público la comunicación es buena.
A veces aquí nos ponemos unas barreras mentales con las distancias…
Exacto. A mí al principio me hacía mucha gracia, esto. El barrio de toda la vida, el amigo de toda la vida… Un círculo muy cerrado. Pero cuando te desplazas ves otras cosas, puedes tener nuevas oportunidades…
Al principio de estar aquí me hacía mucha gracia eso del barrio de toda la vida, el amigo de toda la vida… Un círculo muy cerrado
Pasamos a tu obra. Acumulas una larga trayectoria como artista multidisciplinar y has descrito tu trabajo como un viaje etnográfico. ¿Qué te lleva a hacer arte a partir de las costumbres y de las tradiciones de los pueblos?
Cuando estudié la licenciatura de Arte en Chile siempre nos mostraban las cosas de fuera. Pero en un momento de mi carrera me rebelé contra todo eso y decidí hacer lo contrario: mirar hacia las culturas locales, nuestras raíces… Empecé con el material que trabajaba, la cerámica, y la tierra. Y al ir viajando, cogí influencias de diferentes lugares. Te das cuenta de que en las diferentes culturas locales hay cosas que se parecen, y esa es la forma de acabar hablando en un lenguaje universal.
Una mirada local para proyectar cosas universales.
Exacto. En los noventa, cuando yo estudiaba, siempre nos hacían mirar hacia fuera, pero eran cosas muy clásicas que a veces en Europa ya estaban obsoletas. Pero en el 'tercer mundo' se vendía como si fuera la vanguardia máxima. Y no.
Has hecho pintura, escultura, artefactos, también eres ceramista y ya hace bastantes años que estás muy centrada en el mosaico. Eres una artista polivalente y en evolución continua.
Soy muy inquieta y me gusta aprender cosas nuevas. Dentro del arte siempre he tenido la necesidad de tener desafíos. Y todo esto esperando que la gente pueda tener la capacidad de reconocer mi obra, que continúe siendo una Nevenka Pavic, pero que se vea la evolución.
Tu trayectoria está marcada por un ir y venir de viajes, pero al mismo tiempo llevas muchos años aquí echando raíces. Combinas una parte nómada con una que no lo es.
Al final todos buscamos aquellas raíces, aquello de tener un lugar. Y cuando trabajas con la cerámica, que requiere una infraestructura, en un momento tienes que elegir un lugar donde instalarte. Yo lo he hecho aquí y me siento muy a gusto. Y el tipo de trabajo que estoy haciendo me permite aportar algo a la comunidad como artista y ser humano. Siento la necesidad de que mi arte favorezca un cambio para tener una sociedad mejor, que deje de ser un objeto de consumo, que dejemos de pensar en la venta de obras como la primera manera de poder vivir de nuestro arte… Y creo que lo estoy consiguiendo.
Ahora que hablamos del arraigo, llevas 24 años en L'Hospitalet, en este estudio de Santa Eulàlia. ¿Qué representa para ti este barrio y esta ciudad?
Es un reflejo de mi historia y la de muchas otras personas que hemos dejado nuestras raíces para instalarnos en otra ciudad y otro país con unas costumbres diferentes. He aprendido a adaptarme, a integrarme y a ser un actor que aporta a la comunidad, y lo hago a través del arte. L'Hospitalet fue una ciudad que primero recibió la inmigración española y después la internacional. Y Santa Eulàlia es un barrio donde se pueden aportar cosas, porque hacen falta.
Con el mosaico reivindico una tradición que después de Gaudí no ha tenido un legado contemporáneo
Hablando de esta mirada comunitaria, tú has dicho que cuando haces murales te gusta que la gente venga a ayudarte. Eso los artistas no lo hacen mucho…
Conozco ciertos proyectos que se hicieron de esta manera y que me han inspirado para replicarlos aquí, sobre todo con la técnica del mosaico, que tiene una gran tradición en la cultura catalana. Y eso permite reivindicar una tradición que después de Gaudí no ha tenido un legado más contemporáneo. Creo que tenemos esta misión con la obra de Gaudí. Y, por otro lado, el mosaico en sí ya es un estilo, con todos los trocitos que se unen, que tiene un elemento de colaboración.
Seguramente el trencadís es la mejor forma artística para trabajar en un lugar que destaca por su multiculturalidad.
Exacto. Siempre digo que el mosaico es la metáfora de todos estos trozos rotos que por sí mismos no dicen nada, pero que unidos pueden dar un resultado maravilloso. Visualmente, pero también desde un punto de vista humano por los vínculos que se generan.
Haciendo un pequeño paréntesis en la parte artística, cuando se habla de los barrios con mucha inmigración se hace separando a los autóctonos y a los de fuera, pero no se habla mucho de las relaciones entre las comunidades nuevas… ¿Te interesa, también, crear vínculos entre, por ejemplo, un marroquí y un colombiano?
Sí. Y aquí es importante entender que cada cultura es diferente y que tiene sus costumbres. Esto es necesario, y a través del mosaico podemos hacer que diversas culturas se relacionen. Y romper estigmas. El mosaico es una buena manera para, a través del arte, crear respeto, curiosidad por el otro, vínculos… Y también hemos trabajado con otros colectivos. En el caso de la obra del Parc del Pont de Matacavalls trabajamos con los pacientes del Centre Benito Meni, de salud mental, y fue muy bonito. La experiencia fue maravillosa. Y al final ves que si a la gente le das una herramienta para que se empodere, ella misma puede evolucionar y superar problemas que con los métodos tradicionales no se consigue.
¿Cómo vas palpando si funciona toda esta tarea que haces?
Bueno, tiene un efecto bola de nieve que es increíble. Ves cómo en un proyecto cada vez hay más gente que se quiere añadir y que está encantada con el resultado, con el equipo de trabajo… Y también cómo aprenden, cómo se relajan y cómo salen de la zona de confort y se plantean desafíos. Al final, la mejor parte es el aprecio y la gratitud de la gente que participa. Y aquello que hacen queda en la calle y la gente lo puede ver.
El hecho de que la obra esté en la calle y no en un espacio cerrado es importante.
Sí, totalmente. Porque las personas que han formado parte de la obra se sienten agentes activos de un cambio y ven que lo que hacen tiene una utilidad.
La gentrificación está a la orden del día. Ya hace años que se está especulando con L'Hospitalet
Te preguntaba esto porque dices que el arte va intrínsecamente ligado a tu vida. No lo separas. Y eso te hace cuestionar qué sentido tiene el arte que haces. ¿Cuál es ese sentido?
Bueno, ahora le encuentro más sentido que nunca, porque cuando estudias te hacen pensar que el camino para tener éxito es vender, pero hay muchos otros. Si no vendes al nivel que produces, solo vas acumulando objetos decorativos. Y cuando tenía unos 40 años hice un replanteamiento y decidí dedicarme más al arte público y comunitario para democratizarlo y hacerlo accesible a la gente. Y ojalá esta gente también pueda ser parte de esa transformación y del proceso creativo. Todo esto tiene más sentido. Me dije a mí misma: “Ya he hecho la carrera que se suponía que debía hacer. He ganado premios, he hecho residencias, he hecho becas… Ahora toca otra cosa”.
Volviendo a L'Hospitalet, en los últimos años esta ciudad ha crecido culturalmente, atrae artistas de Barcelona, está el Distrito Cultural… ¿Cómo ves este crecimiento? Tú eres un ejemplo de artista implicada en la ciudad, pero no sé si en esta nueva oleada de artistas hay una mirada local…
Al final la gentrificación está a la orden del día y van quedando pocos espacios. Ya hace años que se está especulando con L'Hospitalet. Todo tiene un lado bueno y uno malo. Yo intento que esto no me afecte como artista y ser consecuente, por eso estoy preocupada por hacer el trabajo que hago y no por hacer una exposición en Tecla Sala.
Siguiendo a L'Hospitalet, una de tus obras es La Santa Estació (2018), un proyecto artístico en formato mosaico en 15 columnas que cuenta con el apoyo del Ayuntamiento. En este caso es evidente que la obra consiguió mejorar un espacio urbano bastante feo y problemático.
El tema es que ahora hay una moda de los proyectos comunitarios, de la transformación… Para mí era importante que el proyecto transformara de una manera que no fuera algo que nadie entendiera, sino que me inspiré en referentes universales como el amor o la muerte, así como en Gaudí, Santa Eulalia… Fue un desafío grande y el primer paso para demostrar que a través del mosaico podemos transformar espacios con un trabajo conjunto, aunque en este caso no hablamos de una tarea comunitaria como las otras que he hecho. Fue un encargo específico del Ayuntamiento en el que yo lo hice todo y entonces un equipo me ayudó. Hubo muchos voluntarios que me apoyaron. Venía mucha gente.

En esta obra utilizaste la técnica de Gaudí del trencadís, de la que antes hemos hablado brevemente. ¿Cómo la aprendiste? ¿Cuándo aparece Gaudí en tu vida?
Yo con el mosaico soy autodidacta. A lo largo de mi vida artística había ido haciendo cosas al respecto, pero muy poco. En 2014 fui a un festival de mosaico en Chile y conocí a artistas que hacían proyectos comunitarios, y es cuando me doy cuenta de que en Barcelona no había nadie haciendo mosaico. Me puse y lo primero que hice fue para La Escocesa de Barcelona, el mismo 2014, que hacían un festival de murales. A raíz de aquella reflexión me empiezo a fijar más en la obra de Gaudí, porque me gustaba, había visitado el Park Güell… Pero no mucho más. Empecé a mirarlo con otros ojos, y el oficio de la cerámica que hago también va muy bien con el trencadís. Y me empecé a inspirar en él y en Jujol para reivindicar su figura, que siempre ha quedado un poco en el anonimato.
Realmente es sorprendente que no se siga con mucha más fuerza este legado de Gaudí.
Sí… Hay un par de talleres, pero están enfocados al hobby, a los turistas, a actividades… Sorprende mucho, porque en todo el mundo hay proyectos increíbles alrededor del mosaico. En Chile, por ejemplo, se está haciendo mucha obra pública con mosaico. Había una deuda pendiente de decir: “Viene mucha gente a ver la obra de Gaudí y cómo puede ser que no haya nadie que continúe con su legado?”.
De hecho, tu manera de hacer en La Santa Estació fue muy gozaldiana. Usabas materiales desechados. Gaudí utilizaba piezas de desecho de la fábrica Pujol y Bausis de Esplugues…
Cuando hice este proyecto, como siempre me documento mucho, había mirado varios documentales de Gaudí para que toda la obra tuviera una coherencia. De Gaudí me interesa mucho que fuera un visionario y que ya reutilizara elementos, sobrantes de otras fábricas… Y yo desde siempre he sido así en mi obra y en mi vida. Y por eso me parecía coherente hacerlo de esta manera. También porque había poco presupuesto.
Siempre he tendido más a la periferia que a estar donde está todo el mundo
Conseguiste implicar a Ceràmica Sot, el taller donde hacen los souvenirs oficiales de Gaudí…
Sí, un taller familiar de Gràcia. Una persona que los conocía consiguió que me dieran los sobrantes de las piezas que les salían mal. Para mí eran un tesoro increíble.
Siguiendo con el trencadís y L'Hospitalet, en 2020 lideraste la creación de un pequeño mosaico colectivo en una jardinera pública situada delante del bar La Palmera, punto de encuentro del barrio de Santa Eulàlia. ¿La elección del lugar era para resaltar un espacio que es un epicentro social?
Yo llevaba 20 años viendo aquella jardinera horrorosa y tenía unos alumnos que querían aprender la técnica del mural. Y se me ocurrió preguntar al Ayuntamiento si podíamos hacer allí el mural. Siempre estamos allí en aquel bar.

Siguiendo a los barrios, en les Planes, junto a la Florida, desde La Gloria Factoría de Arte dirigisteis una obra hecha por el colectivo local de mujeres Mujeres Brillantes. ¿Qué es lo que te llama más la atención de las reacciones de la gente que puede implicarse en un proyecto así?
Fue una experiencia muy bonita, porque para ellas era un desafío hacer algo que puede parecer complicado para la gente mayor. Pero encontramos la manera para que todas, más allá de los problemas de visión o de la artrosis, por ejemplo, pudieran hacer piezas para el mural. Y yo iba marcando las directrices.
También has hecho el mural La Torrassa Florida, en la estación de metro de La Torrassa. ¿Aquí el mensaje era reivindicar un espacio público que a menudo la gente no acaba de hacer suyo?
Esto era un lugar de paso donde nadie se paraba. Era muy feo. Ahora, con esta transformación la gente se para, lo mira, lo toca, se queda un rato… Y permite que todo el mundo que pasa también pueda participar poniendo una pequeña pieza.
Aquí los alquileres empiezan a costar entre 1.000 y 1.500 euros. Y dices, ‘¡pero si estoy en L'Hospitalet!’
Hablando de lugares, en el mundo cultural se hace referencia a menudo a la periferia, que es una palabra que puede dar lugar a muchas interpretaciones. En una entrevista explicabas cómo la parte oficial del arte te estaba cansando y también decías: "Yo estoy en la periferia". ¿Qué te supone eso?
Siempre he tendido más a la periferia que a estar donde está todo el mundo. Sobre todo, en los primeros años aquí, me sentía muy en la periferia porque trabajaba en Barcelona, pero tenía la casa en L'Hospitalet. Cuando hablaba de esta periferia parecía de otro planeta, porque nadie quería venir aquí. En París ves la periferia, que es mucho más grande, y la gente se desplaza. Tenía una contradicción, porque me gustaba decir que vivía en la periferia con todos sus beneficios, porque además es una periferia amable. En 20 minutos vas al centro, a comprar materiales…
¿Uno de los objetivos de la periferia, desde un punto de vista de progreso social, tiene que ser dejar de ser periferia?
Bueno… Es que hay una evolución inevitable que hará que la periferia en algún momento deje de serlo. Aquí ya lo estamos viendo. Esto deja de serlo cuando los alquileres empiezan a costar entre 1.000 y 1.500 euros como en el centro de Barcelona. Y dices, “¡pero si estoy en L’Hospitalet!”. Aquí al lado ahora venden pisos de lujo delante de un edificio industrial… Cosas que no se entienden. Pero siempre me he considerado de la periferia a todos los niveles.




