El museo del Raval nacido del exilio de Ucrania

Andreu Asensio
14 de enero de 2026 a las 08:00h
Actualización: 12:11h
Victoria Lysenko es la fundadora del Victoria Museum en la calle Junta del Comerç. Foto: Joanna Chichelnitzky

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Victoria Lysenko trabaja desde los catorce años y a los veintisiete ya tenía una empresa propia en su país, Ucrania. Allí fundó un museo sobre su gran pasión, los vestidos. Llegó a Barcelona en 2022 huyendo de la guerra, pero aquí ha encontrado mucho más que un refugio. Victoria se ha sentido tan a gusto que ha abierto en la calle Junta del Comerç una sede del Victoria Museum, el espacio que abrió en Kiev para reivindicar el valor cultural e histórico de los vestidos.

¿Por qué ha elegido Barcelona y el entorno de La Rambla para abrir su museo?
Yo no elegí. Más bien fue Barcelona quien me eligió a mí. Después del inicio de la guerra, nueve meses bajo bombardeos y una serie de pruebas personales, llegué aquí para estar poco tiempo, pero la ciudad no me dejó marchar.

¿Cuánto tiempo hace que vive aquí?
Tres años. Barcelona me dio la posibilidad de ver que hasta el caos puede convertirse en arte. Me enseñó a vivir de nuevo, a fijarme en la belleza de los detalles de su arquitectura y a aceptar su luz y su sombra.

Toda una declaración.
Para mí es una ciudad donde el arte vive, no solo en los museos, sino también en las calles, donde la historia y la contemporaneidad hablan el mismo idioma. Aquí sentí que podía unir pasado y presente, belleza femenina, vulnerabilidad, la fuerza y el miedo, a través del vestido.

Y eligió precisamente el entorno de La Rambla.
El barrio del Raval también me encontró. La primera vez que llegué al local, en la calle Junta de Comerç, llegué desde el Liceu. Me pareció una buena señal: el gran teatro de la ópera y mi futuro museo, a tan solo tres minutos.

¿Y después?
La segunda vez llegué por una calle donde había prostitutas y me ofrecieron drogas dos veces. Entonces el entusiasmo desapareció. Lloré todo el día hasta que lo entendí: el mejor lugar donde abrir un museo es precisamente allí donde hay los máximos contrastes.

Sí que hay muchos contrastos.
Es un barrio complejo, con drogas, personas sin hogar, prostitución y carteristas. Pero también tiene otra cara: calles antiguas y bellas, historia, buenos restaurantes y, lo más importante, vecinos locales. Muchos viven justo encima del museo y son catalanes. No es una fachada turística, sino un tejido urbano vivo.

¿Por qué colecciona vestidos?
No me considero una coleccionista. Soy una museóloga que ha creado un proyecto desde cero. No me interesan los trofeos, sino las piezas vivas. La memoria del cuerpo respira en las telas. El movimiento, el gesto, el calor son testimonios vivos del pasado. El Victoria Museum no es un conjunto de objetos históricos, sino un espacio para un viaje interior, donde las personas pueden recordar quiénes son y percibir un vínculo vivo con los que vivieron antes que nosotros.

¿Y cuándo empezó a interesarse por todo esto?
Todo empezó con mi interés por la historia de los vestidos del siglo XIX. Al principio, cedía un edificio histórico en el centro de Kiev a expertos internacionales que instalaban allí sus colecciones. Pero en marzo de 2014, con el inicio de la guerra del Donbás, me quedé sola. Entonces estudié Museum management en Londres y en 2017 abrí mi propia colección, que hoy supera ya las 1.500 piezas. Cuando en 2022 la guerra volvió a golpear, decidí mantener abierto el museo como un oasis de paz para la gente.

Usted ha dicho que “el museo es un puente entre generaciones y países”. ¿Qué quiere decir exactamente con eso?
Kiev y Barcelona tienen contextos y energías diferentes. Pero las exposiciones hablan de lo que es esencial: historias humanas a través de los vestidos. De esta manera unimos personas del siglo XIX y el XX. Las épocas son diferentes, pero las emociones son las mismas: sueño, amor, esperanza, dolor. Este puente nos recuerda que tenemos raíces comunes.

¿El Victoria Museum es un museo para turistas?
Desde el inicio nos hemos orientado a los habitantes de Barcelona. En poco más de dos meses de trabajo nos han visitado casi 900 personas y solo diez eran turistas. Nuestro museo no va de moda, sino que habla de dignidad humana, de la belleza como estado interior. Es un lugar donde pasar una hora en silencio, entre vestidos y aromas del tiempo. Este oasis nos hace falta a todos y los residentes lo perciben especialmente. Y sí, quiero creer que el museo puede cambiar la percepción del Raval. Todos formamos la realidad con nuestros pensamientos y actos.

¿Qué es lo que más le atrae de la Rambla y su entorno?
Es el corazón de la ciudad. En pocos metros conviven ruido y calma, turistas y antiguas familias catalanas, artistas y vendedores ambulantes, la ley y el caos. Hoy entiendo que el museo tenía que estar justamente allí, al lado de la Acadèmia de les Belles Arts, el Liceu, el mercado más antiguo y los primeros hitos del arquitecto Antoni Gaudí.

Se ha instalado en plena remodelación del paseo, en pleno caos.
Después de vivir ataques de drones y misiles, sirenas, la muerte de personas cercanas, es difícil que me asuste la remodelación de una calle. Cualquier remodelación es un caos temporal en favor de un orden futuro. Estoy segura de que, una vez acabadas las obras, la Rambla será aún más cómoda, verde y armónica. Para el museo es una oportunidad de integrarse en un itinerario cultural renovado. Estamos aquí a largo plazo y nos importa crecer junto con Barcelona.

“Barcelona em va permetre veure que fins i tot el caos pot convertir-se en art”
“Barcelona me permitió ver que hasta el caos puede convertirse en arte”. Foto: Joanna Chichelnitzky

 

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