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Noelia Ramírez: "Hay escritores y gente de la cultura que se hacen pasar por pobres"

Francisco J. Rodríguez
3 de febrero de 2026 a las 08:00h
Actualización: 12:27h
La escritora espluguina Noelia Ramírez es periodista de Cultura en El País. Foto: Joanna Chichelnitzky

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Noelia Ramírez (Esplugues, 1982) trabaja como redactora en la sección de Cultura de El País. También codirige el pódcast Amiga date cuenta, con Begoña Gómez. Con ella y otras escritoras publicó en 2022 Neorrancios, un libro sobre los peligros de la falsa nostalgia. Ramírez saca ahora Nadie me esperaba aquí. Apuntes sobre el desclasamiento, una reconciliación con sus orígenes en el barrio espluguense de Can Vidalet. Nos encontramos en la biblioteca donde preparó la sele, en La Bòbila, en la difusa frontera con L'Hospitalet. Y es que Ramírez se siente cómoda en estas zonas de nadie: “No hay nada escrito, las puedes transformar”.

Nadie me esperaba aquí condensa muchos debates, pero el tema que destaca por encima de todos es el concepto de vergüenza, y de cómo este te ha ayudado a hacer el tránsito hacia la estima de tus orígenes. Sin embargo, hay mucha gente que vive camuflada toda la vida, negando lo que son y de dónde provienen. Debe de ser cansado, esto...
Estás en un perpetuo estado de alerta que sí, es muy cansado. El hecho de que quieras aparentar algo que no eres te tiene todo el rato pensando que te pillarán. Cuando hice el cambio me sentí más ligera. Es un ejercicio de honestidad contigo misma

Hoy en día hay un resurgimiento de los orígenes ligados a la identidad. En el caso que nos ocupa, de hecho, hay una cierta ‘apropiación cultural’ por parte de gente que hace gala de un pasado, digamos de barrio, que no vivió. ¿Crees que esto puede llegar a desvirtuar la reivindicación de la periferia?
Ahora hay muchos escritores y gente de cultura, turistas de la precariedad, que hacen ver que no tienen origen burgués, o que se hacen pasar por pobres cuando no lo son. Sí que hay un peligro de hasta qué punto el mercado te quiere únicamente cuando eres auténtico, cuando parece que solo puedes ser la escritora que solo escribe cosas del barrio, a pesar de que puedes escribir de muchas otras.

El encasillamiento por tus orígenes es otro de los fenómenos que analizas en el libro.
Conozco gente de barrio que trabajan en el mundo cultural y que no tiran por la cuestión de clase. No les gusta, y esto se ha de respetar. Pero la periferia está de moda. Y para los medios has de ser o la chica de extrarradio con desparpajo, muy exuberante, o la asimilada al sistema. Parece que solo te pueden aceptar siendo de una manera o de otra. No hay espacios intermedios.

Tú, en cambio, te sientes cómoda en una zona de frontera, en los limbos de los que hablas en el libro...
Estos no-lugares que gustan tanto en Internet, y yo soy hija de Internet, siempre me han fascinado porque son zonas donde no hay nada escrito: las puedes transformar.

“Ahora que vivo en Gràcia, a veces me cuesta venir a Can Vidalet, porque te acomodas”, dice la escritora. Foto: Joanna Chichelnitzky
“Ahora que vivo en Gràcia, a veces me cuesta venir a Can Vidalet, porque te acomodas”, dice la escritora. Foto: Joanna Chichelnitzky

Pero, a menudo, cuando no estás ni en una trinchera ni en otra, acabas recibiendo por todas partes...
Bueno, yo no estoy a favor de ser una persona tibia. Hay situaciones, como ahora mismo pasa a nivel político y social, en las que no nos podemos permitir ser tibios. El problema es cuando te piden que seas de una manera muy definida. Ha llegado un momento en que tienes que tener una pureza muy marcada. Esto pasa mucho en el feminismo y en las personas politizadas y de izquierdas. Nos piden ser coherentes todo el tiempo. También podemos ser incoherentes, pero políticamente se tiene que tener claro hacia dónde quieres ir.

Si hablamos del pasado, lo tenemos que hacer de la palabra xarnego, un insulto que se ha convertido en una etiqueta de orgullo. En el libro argumentas que no acabas de entender este concepto hasta que no te lo dice “alguien de fuera” de tu entorno.
Es una palabra que da un poco de miedo pronunciarla si trabajas en el mundo del periodismo o de la cultura. Si la reivindicas, porque la reivindicas. Si no la reivindicas, porque no la reivindicas. Mira lo que le pasó a Eduard Sola en los Gaudí...

En el libro te haces tuya la cita de Brigitte Vasallo que dice que llega el momento en “la vida chabacana” en el cual entiendes que nunca hablarás catalán como “ellos”, o que nunca encajarás en su “nosotros”, entendido como una realidad esencialista. ¿Cómo viviste este momento?
Cuando me dijeron chabacana por primera vez, la reacción fue pensar: "¡Pero si yo soy de aquí! Querrás decir que lo son mis padres...".

“El trabajo se ha convertido en nuestra identidad y parece que esto lo paga todo”

Para defenderte, en el libro alegas que incluso ganaste los Juegos Florales de la escuela en un idioma, el catalán, que no era el que se hablaba en tu casa.
¡Y tanto! ¿Cómo es que me dicen eso?, pensaba. Esta palabra [xarnego] todavía no está superada del todo, porque hay mucha gente que piensa que decimos xarnego cuando queremos decir pobreza. Y no, hay un factor identitario castellano que todavía incide, y si no hemos superado esta herida, que no está curada, no sé qué pasará con los nuevos insultos que hay con la inmigración actual, como ahora los mena... Después ves que padres y familiares tuyos ‘xarnegos’ caen en lo mismo que sufrieron ellos. Todo funciona gracias a los mecanismos de la extrema derecha, que ahora seduce a personas que en su momento sufrieron racismo.

Ahora bien, huir de este esencialismo puede llevarte hacia otro similar que atiza una falsa nostalgia de un pasado que fue muy duro y nada idílico.
Claro. Una de las cosas que no me gusta de Ana Iris Simón y su Feria es este embellecimiento y nostalgia del pasado. Es su historia y ella la explica como la tenga que explicar, pero a mí no me parece que antes se viviera mejor. La vida de nuestros padres también está marcada. En el pueblo, si la gente tenía una identidad sexual disidente, tenía que marcharse. Eran infiernos, y el barrio también puede ser un infierno para una persona que no está dentro de esta épica-orgullo de clase de barrio.

La escritora, conversando con el subdirector de ediciones Línea en el área metropolitana de Barcelona, Francisco Javier Rodríguez. Foto: Joanna Chichelnitzky
La escritora, conversando con el subdirector de ediciones Línea en el área metropolitana de Barcelona, Francisco Javier Rodríguez. Foto: Joanna Chichelnitzky

El escritor santboià Kiko Amat nos comentó en una entrevista que huía de estos relatos autocomplacientes de la periferia que obvian la existencia de los correspondientes “hijos de puta”...
No se puede negar que en nuestros orígenes también hay machismo, racismo, transfobia e hijos de puta que nos rodean... Ahora mismo pasa más que nunca. Cuando yo hablo de que el viaje de clase es de ida y vuelta, no quiero decir que lo que había era mejor. Digo que he huido de aquí, que he escondido todo esto porque todo lo que encontraba me deslumbraba y quería ser como lo que yo veía, pero que después me he dado cuenta de que de donde yo provenía está mi esencia buena y que puedo sacar cosas. Es un camino de transformación, no que mi origen sea mejor.

Por otra parte, hay una cierta exotización de la periferia...
Ahora hay relatos sobre chicas y chicos de la periferia que están escribiendo que dicen “mira qué listas que nos han salido las niñas de los bloques verdes”, y esperan que seamos complacientes con todo esto, pero ahora sí que se está problematizando. Que yo esté aquí no significa que todo sea maravilloso.

Aquellas ansias de progresar se personifican en la enciclopedia que te compraban los padres, un recuerdo muy nítido que plasmas en un pasaje de tu libro.
La enciclopedia en el estante del comedor era una promesa de futuro. En cada casa había una. Era un marcador social. La enciclopedia era la ofrenda que te hacían los padres para que no fueras como ellos. Querían lo mejor para ti: trabajar sentado y ir con tu ropa al trabajo. Eso era el éxito para ellos, pero ahora el ascensor social está estropeado. Hay falta de conciencia de clase, pensando que la vocación nos lo tenía que dar todo. El trabajo se ha convertido en nuestra identidad y parece que eso lo paga todo

Para acabar, Jordi Amat nos dijo recientemente en una entrevista que la identidad metropolitana no existe. ¿Qué piensas?
Somos muy amigos, ¡pero es muy pesado, el Jordi! [ríe]. Él es una persona del Eixample. El Jordi, cuando pasó todo el tema de Casa Orsola, hizo una columna donde decía que la identidad de Barcelona era el Eixample, y yo decía, no, la identidad de Barcelona es en el Raval. Es el barrio donde confluía todo, donde había todo lo que hervía en la ciudad y había su esencia. El primer barrio que sufrió la gentrificación fue el Raval. Mira, tengo un amigo de Asturias que flipaba porque fuimos a ver a Maria Jaume en las fiestas de Cornellà y la gente de Barcelona no iba, cuando su concierto en el Apolo estaba lleno. ¡Si solo son 10 minutos de ferrocarriles! Les cuesta venir.

¿Cuál es ahora tu relación con Can Vidalet?
A mí, que ahora vivo en Gràcia, a veces también me cuesta venir a Can Vidalet, porque te acomodas. Mi familia del barrio me dice que soy cara de ver. El barrio es ir a ver a la familia y amigos, y estas cosas. Sí que me gustan mucho, eso sí, las fiestas del Prat. Todos los DJ que estabas pagando para ir a ver al Apolo en Barcelona pinchaban gratis en el Prat. También está la Capsa y su programación, que es maravillosa. Y, después, la charla que hago ahora con Montse Santolino [el día 23 de enero en la Bòbila, en el marco del ciclo Narratives Perifèriques, donde presentó su libro], que es la mejor, que ella sí que está aquí y desde aquí lo hace todo. Yo en el fondo soy una expat, ¡estoy expatriada! [ríe].

¿Cómo ves el barrio?
Veo que hay mucho racismo. Hablo con familiares y oigo comentarios que no me gustan nada y me enfadan. Soy la aguafiestas de la familia. ¿Cómo podéis decir eso? Qué amnesia tenéis todos, les digo. Pero el barrio lo veo igual, muy vivo, mucho más que Gràcia. Los domingos, si mi tía me hace migas y vengo al barrio a su casa, siempre hay jaleo en la calle. Tú vas a Gràcia un domingo por la tarde y, si no estás en una plaza, no hay nadie. Y eso da miedo. Es como Sarrià: si un domingo por la tarde no hay peña, no hay gritos, ese silencio... Esta gente esconde algo [ríe].

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