Si has pasado por Rambla Guipúscoa, por el mercado o por el eje comercial del barrio, probablemente has visto su obra sin saberlo. Roc Blackblock es muralista, vecino del Clot desde 2002, y lleva 27 años haciendo que las paredes hablen. Este año, sus reflexiones y sus murales saltan de la calle al papel: Pol·len Editorial publicará su primer libro este otoño.
Muchos vecinos te conocen por tu obra, pero quizás no saben quién hay detrás. ¿Quién es Roc?
R.B: Roc Blackblock es el personaje público, mi faceta profesional; cómo me llaman mi madre y mis hijas es otra historia. La etiqueta con la que me siento más cómodo para definir lo que hago es "muralista": pinto murales, no grafitis, no porque me parezcan mal, sino porque es otra disciplina. Todo empezó en 1999, cuando vivía en el Centro Social Okupado l'Hamsa, en Sants. Estudiaba ilustración y coincidí en clase con un escritor de grafitis que invité a pintar en aquel espacio. A partir de ese momento me enganché a los espráis. Como miembro activo del movimiento de la ocupación, el grafiti se convirtió en una herramienta de participación política y social. Desde hace casi diez años intento mantener un equilibrio entre la faceta militante y la profesional.
-Creciste en el Eixample, pero acabas en el Clot. ¿Cómo se entiende?
R.B: Viví en el corazón del Eixample, en la zona de Pau Claris con Aragó. No tenía una vivencia de barrio: no había una plaza donde quedar con los compañeros ni una escuela de proximidad que me permitiera conocer a los vecinos. Por eso me fui a vivir al centro de Sants. En 2002, con el nacimiento de mi hija, vivir en un espacio ocupado y criar una criatura se hizo incompatible, y vinimos hacia el Clot. Paradójicamente, yo no soy del Clot ni mi pareja tampoco, pero mis hijas sí, y sus abuelos paternos y maternos también. El gran detonante para arraigarnos fue cuando mis hijas entran en la escuela Dovella. Esta se convierte en un espacio de convivencia de barrio: conoces familias diversas, nos unimos al AMPA... Desde entonces, cada año que pasa, las raíces se profundizan.
-El muro de Rambla Guipúscoa es el que tienes más cerca de casa. ¿Tiene alguna carga especial?
R.B: Sí, y es una casualidad que siempre me ha hecho gracia. Cuando era adolescente, aquel muro tenía un mural de solidaridad con el pueblo saharaui; no era mío, pero me lo llevé grabado. Las vueltas de la vida han hecho que haya acabado viviendo a 100 metros de aquel muro, y que sea el lugar donde bajo a pintar cuando la indignación me puede. El mural de Netanyahu como criminal de guerra, por ejemplo, lo pinté con uno de aquellos arrebatos.

-Y fue precisamente aquel mural el que provocó uno de los episodios más sonados: un hombre cogió un avión desde Israel para venir al Clot a cubrirlo.
R.B: El mural estuvo intacto durante casi seis meses. Por las fechas de Navidad me empieza a sonar el teléfono: lo han atacado. Cuando llego, aquel mismo día ya estaba tapado. En las redes detectamos que hay un artista israelí que ha publicado un vídeo explicando que ha venido tres días a Barcelona expresamente para combatir la narrativa pro-palestina en las calles. Se había plantado delante de mi mural, lo había tapado con un retrato de Netanyahu coronado como rey, y lo había grabado todo. Aquel mismo día, el mural se volvió a tapar, y al día siguiente él vuelve al Clot y hace otro rápido. Aquel tampoco duró: los vecinos lo cubrieron instantáneamente. Y él, en sus vídeos, se victimiza y llega a decir que el Clot es un barrio islamizado. Lo más interesante de todo es lo que aquel episodio revela del barrio. Cuando estaba pintando el mural nuevo, unos vecinos me pararon para explicarme que habían visto al israelí pintar y que se le habían acercado para decirle que lo que pasaba en Palestina era un genocidio. Hace casi cuatro meses que el mural continúa intacto. Esto ya no es una cosa de mi mural: es cómo nos posicionamos como barrio.
-Últimamente se te ha visto en los comercios del barrio, pintando persianas.
R.B: Es un proyecto del Eje Comercial que se ha hecho en muchos barrios de Barcelona, en el cual se asignaba un artista por zona. Yo pedí quedarme en el Clot, y así ha sido. La gran dificultad ha sido adaptarme a los horarios de los comerciantes, pero ha valido la pena. Hablando con mi madre del proyecto, le dije que pintaba la pastelería La Palma, y me explicó que mi bisabuela había empezado a comprar allí, y que desde entonces, generación tras generación, los turrones de Navidad siempre venían de allí. Pintar un lugar así y descubrir que forma parte de tu propia historia... es de los momentos que hacen especial este trabajo.
-El Pla Endreça intenta separar “els bons” (muralistes amb permís) dels “dolents” (grafiteros sense). Tu t'has mogut sempre en els dos mons.
R.B: Me muevo con un pie en cada lado. Gran parte de los proyectos los hago por encargo del mismo Ajuntament de Barcelona, por municipios de todo el territorio, por entidades memorialistas. Pero hay proyectos que pinto en el espacio público sin permiso, y me siento legitimado a hacerlo. La dicotomía que plantea el Pla Endreça es muy falsa: hay murales hechos sin permiso que, si la gente no lo supiera, nadie podría distinguir de los que tienen. Lo veo como una política higienizadora, de convertir la calle en un espacio totalmente aséptico y controlado.
-¿Crees que hay una persecución al mural de protesta?
R.B: Si aplico la norma de "piensa mal y acertarás", me parece mucha casualidad que pintar un mural que critica el turismo a 200 metros del Parc Güell te cueste 10 guardias urbanos y una denuncia penal en lugar de una multa. Y el mural del rey Emérito en defensa de Pablo Hasél, en el Parc de les Tres Xemeneies, desapareció tapado por la brigada de limpieza al cabo de 12 horas. Censura en estado puro.
-Tienes un proyecto de murales de memoria, los Murs de Bitàcola, que va mucho más allá del mural reivindicativo.
R.B: La pandemia me paró todos los proyectos, y fue en aquella pausa forzada que identifiqué un hilo conductor en mi obra: el trabajo sobre la memoria. Construí un proyecto que lo recogiera todo: buscar un episodio histórico de la zona donde pintaré, ilustrarlo en el lugar donde pasó, y añadir un código QR para que quien se detenga pueda profundizar con información, fotografías y documentos. La manifestación de los cubos, la huelga de La Canadiense... Una manera de hacer que el espacio público explique su propio pasado.
-Cuando explicas la memoria de un barrio que no es el tuyo, ¿existe el riesgo de hacerlo como “turista”?
R.B: No diría que existe el riesgo, es un hecho inevitable. Soy consciente de que siempre soy un forastero, por eso me impongo una regla: dar prioridad al criterio de la comunidad. A veces una imagen es artísticamente más potente pero la otra tiene una carga emocional e histórica muy superior. Ante la duda, tiro por la que quieren los vecinos.
-¿Dedicarse plenamente al muralismo es un lujo?
R.B: Es un lujo y una batalla a la vez. Me siento privilegiado de trabajar de lo que me gusta, pero cuando a las 6 y media de la mañana cargas la furgoneta para ir a pintar 10 horas seguidas, no sientes ningún privilegio, sientes que estás ejerciendo el derecho que deberíamos tener todos, que es tener una profesión que te llena. Lo que es realmente difícil es hacerlo sin poner tu arte al servicio del mercado. Mi reto es haber encontrado proyectos que no me generen ningún conflicto ideológico: puedo seguir haciendo cosas por Palestina, por la memoria, por todo aquello en lo que creo, y puedo vivir de ello.
-¿Tienes algún proyecto entre manos?
R.B: Estoy cerrando la edición de un libro que, si todo va bien, saldrá con Pol·len Editorial hacia el otoño. Es un volumen eminentemente gráfico y fotográfico que recoge 27 años de murales, vivencias y reflexiones, estructurado en cuatro capítulos temáticos: la ciudad, los movimientos sociales, la memoria y el espacio público. No quería hacer un libro autobiográfico; es más bien una reflexión sobre todo lo que he aprendido pintando. Mientras iba pintando, iba añadiendo páginas.
****
Veintisiete años de paredes, de multas, de espráis y de barrio. De centros sociales ocupados a encargos municipales, de maquis a milicianas, de lagartijas en la calle Entença a Netanyahu en Rambla Guipúscoa. Todo ello ha ido sedimentando, mural tras mural, hasta convertirse en un libro. En otoño, Pol·len Editorial lo publicará. Será la primera vez que la obra de Roc quepa entre dos tapas, pero seguramente no será la última vez que la veamos en las paredes




