En Esplugues de Llobregat, la festividad de Santa Magdalena fue, durante siglos, la Fiesta Mayor oficial del municipio. Sin embargo, tan pronto como apareció la Fiesta Mayor de Sant Mateu, el calendario la fue desplazando hasta hacerla casi invisible.
Si algún 21 de septiembre, día de Sant Mateu, la lluvia visita Esplugues, hay quien todavía lo explica con una sonrisa antigua: cuenta la leyenda que, desde aquel cambio de calendario, no hay año en que la lluvia no haga acto de presencia, ni que sea por unos instantes. Es, dicen los más fieles a la tradición, la manera que tiene la santa de recordar que, durante siglos, aquella había sido su fiesta. Como si el cielo, terco, recordara un cambio que no acabó de encajar.
Una santa entre cuevas y palabras antiguas
La historia de Santa Magdalena arraiga en una geografía simbólica. La tradición explica que vivió treinta años en una cueva en el sur de Francia, y esta imagen subterránea encuentra eco directo en el nombre mismo de Esplugues, que proviene del griego spelugges, “cuevas”.
Ya en el siglo X, la ermita que ocupaba el lugar de la actual iglesia parroquial estaba dedicada a la santa. Aquel gesto fundacional, dedicar un espacio sagrado a una figura de recogimiento y silencio, acabaría convirtiéndose en el punto de partida de una celebración anual fijada el 22 de julio. Con el tiempo, la fiesta creció: del oficio religioso al encuentro colectivo, del ritual a la plaza.

Cuando el calendario se bifurca
Ahora bien, como una hija única que disfruta de la atención completa de los padres, a Santa Magdalena le llegó el momento que más temía: la llegada de Sant Mateu, copatrón y hermano pequeño, abrió un segundo tiempo festivo.
Durante muchos años, ambas celebraciones convivieron con personalidad propia. La festividad de Santa Magdalena continuaba concentrando la mayor parte de los actos y mantenía el peso de la tradición, mientras que Sant Mateu ocupaba un espacio más discreto. El protagonismo que tenía Santa Magdalena no venía determinado solo por todos los años de historia que la acompañaban, sino también porque septiembre coincidía con el tiempo de la vendimia, una época intensa de trabajo que dificultaba la participación popular.
A partir de la década de 1970, sin embargo, la situación se invirtió progresivamente. Sant Mateu asumió el papel de Fiesta Mayor oficial y Santa Magdalena fue quedando relegada a un segundo plano. La que durante generaciones había sido la gran celebración de la villa vio cómo su protagonismo se desvanecía lentamente, hasta el punto de que muchos temían que acabara desapareciendo de la memoria colectiva.
El retorno de la voz antigua
Pero las tradiciones, cuando arraigan profundamente, a menudo encuentran la manera de renacer. Con la recuperación democrática y la efervescencia cultural de los años ochenta, Esplugues inició un proceso de redescubrimiento de sus propias formas de celebración. Entidades, colectivos y espacios de cultura popular comenzaron a recuperar danzas, imaginar nuevos rituales y reconectar con elementos que habían quedado en suspenso.
De aquel impulso nacieron los gigantes, los bastoners y la recuperación del Ball del Babau, una danza documentada en el Costumari Català de Joan Amades y vinculada a las antiguas celebraciones de Santa Magdalena. La fecha clave, sin embargo, fue el 23 de julio de 1989, cuando se presentó públicamente esta danza. Aquel acto es considerado el punto de partida de la restauración moderna de la Fiesta Mayor de Santa Magdalena. Con los años, la celebración incorporó nuevos elementos como el Ball del Ginjoler, la participación de los Castellers d’Esplugues, los diablos, el Ball Parlat y los versots satíricos.

Una fiesta que se reconstruye cada año
Hoy, la celebración mantiene su núcleo alrededor del 22 de julio y se extiende al fin de semana más cercano. Entre los episodios más singulares destaca la Processó del Ferro, nacida en 2011, que transforma la calle en una coreografía colectiva de fuego, música y movimiento. Su final, con el pilar caminado de los Castellers d’Esplugues, se ha convertido en una imagen ya casi icónica: esfuerzo, equilibrio y vértigo sobre un territorio conocido.
La fiesta continúa ampliando su imaginario con nuevas figuras como la bestia de fuego Guita Trapella, o los gigantones Quimet y Mateuet, dos versiones a menor escala de los gigantes de la ciudad.
Para la edición de este año, el fin de semana escogido para concentrar las actividades más emblemáticas de la celebración es el 17, 18 y 19 de julio. ¡Ahora bien, toda fiesta necesita una buena previa! Es por eso que entre el próximo lunes, 7 de julio, y el jueves 16, también habrá actividades para calentar motores, entre las que destaca un taller para aprender el baile del Babau y la cena de fiambrera, convocada la noche previa al inicio de la fiesta.
A partir del viernes 17, ahora sí, la fiesta entra en plena ebullición con el Correbars, la Procesión de Hierro y su pilar caminado, el baile de fiesta mayor, la diada castellera, el correfoc infantil y el séquito, entre otras actividades.
La fiesta culmina el miércoles 22 con los actos centrales dedicados a la tradición: el homenaje al Ginjoler, los bailes propios del municipio, las ofrendas en la iglesia y el baile hablado, en una clausura que reafirma la vitalidad de la Festa Major cooficial de Esplugues.

Más de tres décadas después de su redescubrimiento, Santa Magdalena ya no es solo una fiesta recuperada: es una forma de continuidad cultural. Una manera de demostrar que las tradiciones no son piezas fijas, sino organismos que respiran con cada generación.
Hoy, Esplugues la conoce como su “Festa Major pequeña”, pero una cosa está clara: de pequeña, no tiene nada.




