Hoy cuesta imaginarlo, pero durante casi diez años Esplugues de Llobregat fue escenario habitual de caballos al galope, disparos de fogueo y duelos a pleno sol. Todo pasaba en Esplugas City, un inmenso poblado cinematográfico construido en 1964 por los hermanos Balcázar que acogió decenas de producciones y convirtió la ciudad en un referente inesperado del género más popular del momento: spaghetti western. Hoy ya no queda nada más que el recuerdo y una placa conmemorativa, pero su historia continúa fascinando a cinéfilos y vecinos.
El origen de un sueño de celuloide
A principios de los años sesenta, el western vivía una segunda juventud gracias al cine europeo. El éxito de Sergio Leone con Por un puñado de dólares había abierto la puerta a un género nuevo, el western mediterráneo, más barato y con estética propia. Los hermanos Alfonso, Francisco y Jaime Jesús Balcázar, que ya tenían estudios de rodaje y doblaje en Esplugues, decidieron apostar fuerte por ello.
En 1964 encargaron al escenógrafo Juan Alberto Soler levantar un poblado entero en los terrenos cercanos al cementerio. El resultado: 10.000 metros cuadrados de decorados, con tres calles principales, una cuarentena de edificios de madera y piedra, e incluso una zona de ambientación mexicana. No faltaba nada: saloon, iglesia, barbería, herrería, prisión, banco, oficina del sheriff y horca. Todo pensado para que las cámaras no captaran antenas ni chimeneas del mundo real.
Los rodajes: vaqueros en Esplugues
El primer film fue Pistoleros de Arizona (1964). En menos de una década, Esplugas City acogió el rodaje de cerca de 70 películas. Por allí pasaron nombres clave del género como Giuliano Gemma, Klaus Kinski, Fernando Sancho, Francisco Rabal o Juan Luis Galiardo, junto a estrellas norteamericanas como Audie Murphy o Broderick Crawford.
Los vecinos recuerdan aquellos años como una época de movimiento y trabajo: muchos trabajaron allí como extras o técnicos. De hecho, el escritor e investigador Eduardo Conejero, que este 2026 publica De profesión: duros. Actores de reparto y especialistas de otra época, un libro donde profundiza en aquella etapa, explica que los rodajes respiraban una espontaneidad hoy impensable. “El regidor podía salir haciendo de soldado confederado, o el director de una película podía aparecer bailando en una escena haciendo de bailarín asesino”, relata. En definitiva, Esplugues se convirtió, literalmente, en un escenario del cine europeo, compartiendo protagonismo con Almería o Hoyo de Manzanares.
El declive y un final de película
Pero la moda del western empezó a agotarse a finales de los sesenta. Además, la construcción de la autopista B-23 obligó a expropiar los terrenos y trasladar el poblado unos metros más allá.
Los Balcázar, en un intento de mantener vivo el poblado y su historia, imaginaron reconvertir Esplugas City en un parque temático del Far West. De hecho, incluso consiguieron todas las autorizaciones necesarias, pero la llegada de un forastero en 1972 sentenció el proyecto: el ministro franquista de Información y Turismo, Alfredo Sánchez Bella, al ver los decorados desde la carretera comentó que parecía un conjunto de barracas que había que eliminar, ya que “daban mala imagen” a la entrada de Barcelona. Fuera como fuese, la presión política precipitó su desaparición.
“Fue un error”, asegura Conejero, lamentando la pérdida de una parte tan importante de la historia del cine catalán: “En Almería, por ejemplo, conservan uno de los poblados western y es increíble”.
Antes de que las máquinas derribaran el pueblo, los productores decidieron rodar allí una última película: Le llamaban Calamidad. El clímax del film incluía la destrucción del poblado, y así fue: se incendió y voló con explosivos buena parte de los decorados reales. Las llamas que se ven en la pantalla eran, de hecho, el adiós definitivo de Esplugas City.
El recuerdo de un Far West catalán
Después de la desaparición del poblado, la memoria de Esplugas City quedó diluida. Durante años, muchos vecinos ni siquiera sabían que, en las afueras del municipio, había existido un Hollywood a pequeña escala.
Con el tiempo, sin embargo, el legado se ha ido reivindicando. En 2014, coincidiendo con el 50º aniversario, Esplugues le dedicó exposiciones, proyecciones y actividades populares. En 2017, el Ayuntamiento colocó una placa conmemorativa en uno de los parques del municipio, y en 2019 el documental Goodbye Ringo, de Pere Marzo, recuperó las voces de técnicos, actores y especialistas que trabajaron allí, obteniendo el premio del público en el Festival de Sitges.
Otro gesto de recuerdo llega cada septiembre: durante la Fiesta Mayor de Esplugues, una de sus calles con más historia se transforma en el escenario del mercado de artesanías “Esplugas City”. El centro histórico se llena de puestos de artesanía y productos gastronómicos, todo bajo una estética western que aporta carácter y originalidad a la fiesta, manteniendo viva la memoria de aquel Far West espluguí.
Precisamente, este interés renovado es el que llevó a Conejero a investigar más a fondo. Después de publicar en 2024 Perros callejeros. Una película irrepetible, el autor descubrió que varios actores secundarios del film habían sido especialistas en Esplugas City: “La hija de uno de ellos me enseñó unas fotografías y aquello me fascinó. Vivo a más de cien kilómetros, pero aun así me impresionó que tan cerca se hubieran rodado películas del Oeste”. A partir de aquí comenzó una auténtica tarea detectivesca para localizar actores, especialistas y familiares, reconstruyendo una memoria oral que ahora cristaliza en su nuevo libro.
Hoy, del viejo Esplugas City solo queda una palmera que marcaba la entrada del recinto y, sobre todo, el recuerdo. Pero durante unos años, Esplugues de Llobregat fue territorio de vaqueros, pistoleros y bandoleros: un pequeño trozo de Far West que ya forma parte de la historia cultural y cinematográfica del país.




