La salud de un barrio se mide por el aprecio hacia sus figuras populares. Como mínimo, esta es la mirada de David García, impulsor del taller artesanal Constructors de Fantasies, ubicado en el corazón de la Barceloneta. El proyecto, iniciado en 1997, se especializa en la construcción del imaginario popular de diferentes barrios de Barcelona a través de gigantes, enanos y figuritas, así como de materiales para espectáculos, fiestas, compañías de teatro y programas de televisión. Entre sus obras destaca el mascarón de proa para la entidad Dones amb Sal, la primera giganta gitana de la ciudad encargada por la Associació Gitana de la Barceloneta e, incluso, el célebre y polémico Negre de la Riba del mismo barrio.
La esencia de la iniciativa radica en dar vida a todas las fieras, figuras y personajes que forman parte de las historias locales de los barrios y de sus vecinos. Según García, son una parte esencial de la memoria colectiva y trascienden en el tiempo más allá de sus creadores. “Plasman los recuerdos y la identidad del barrio, y cuando yo me vaya estas obras seguirán dando guerra”, afirma el artesano.
Hijo del mundo local
García entró en contacto por primera vez con la artesanía en Fira Creatures, un taller de efectos especiales ubicado en el corazón de Gràcia. Durante años aprendió los entresijos de la fabricación de títeres, animatrónicos, vestuario, esculturas y accesorios, pero pronto se dio cuenta de que el ritmo era “demasiado estresante” y que la falta de conciliación afectaba su vida privada. “Era un mundo que me quedaba muy grande, y yo tenía ganas de trabajar otros temas, como las historias populares”, relata. Es por eso que creó el proyecto Constructors de Fantasies junto con su socio, Òscar Pérez, y alquiló un taller en la Barceloneta para adentrarse en los personajes, las leyendas y el folclore catalán.
Su pasión por el mundo local no surge de la nada. Hijo de Emília Llorca, activista vecinal de la Barceloneta y cofundadora de la comisión de fiestas de la calle dels Pescadors, el artesano creció en un entorno en el que la Festa Major y la cultura local eran preocupaciones capitales. “He mamado la vida popular desde bien pequeño, y la comisión de fiestas también ha sido una parte importante de mi vida”, dice. De hecho, el vínculo entre estos mundos es tan estrecho que desde que alquiló el local también se utiliza como punto de encuentro para organizar las fiestas.

Con todo, García empezó haciendo piezas artesanales pequeñas del bestiario histórico de Barcelona, así como títeres que él mismo utilizaba para hacer espectáculos en escuelas, entidades o a pie de calle. El año 2000, poco después de iniciar el proyecto, dio el salto a obras de mayor magnitud, cuando la asociación de comerciantes de la Barceloneta le encargó el cabezudo de Paco López Tey, un vecino del barrio que dedicó gran parte de su vida a recopilar fotografías del pasado vecinal. “Fueron los primeros que confiaron en mí, y a partir de aquí me lancé a otros proyectos”, remarca.
Desde entonces, García ha trabajado sobre todo por los barrios de Sant Andreu y la Barceloneta. Ha hecho figuras tan populares en la ciudad como l’Espurna –una bestia de fuego– o el enano Manolito –vecino del entorno de la plaza de Sant Just–, así como los tres cabezudos Joan Isard, Planella y Sampietro, de Sant Antoni, entre otros.

Resignificando los símbolos vecinales
Además de los cabezudos, de los gigantes y de las bestias populares, García también ha apostado por la recuperación de símbolos vecinales. En el caso de la Barceloneta, por ejemplo, el año 2003 restauró el mascarón de proa original conocido como el Negre de la Riba –ennegrecido y muy deteriorado por culpa de un incendio– por encargo del Museu Marítim de Barcelona. La obra, además de instalarse en la calle de Andrea Dòria, también se convirtió en el emblema y la imagen del barrio.
Según el artesano, entonces el mascarón fue una oportunidad idónea para recuperar la memoria marinera del barrio, ya que la primera vez que apareció en la ciudad fue en una embarcación del siglo XVIII que atracó en la Barceloneta. Además, antiguamente el mascarón se popularizó tanto que se convirtió en un nuevo Hombre del saco para asustar a los niños, e incluso dramaturgos como Serafí Pitarra lo mencionaron en sus obras teatrales. “Ni la gente mayor recordaba el Negre de la Riba, y por eso, a través del mascarón, creíamos que podríamos recuperar el pasado marinero de la Barceloneta, sobre todo en un momento en que prácticamente ya no quedaba nada de aquella parte de la historia”, explica.
Con el tiempo, sin embargo, el trasfondo racista y colonial del Negre de la Riba se puso sobre la mesa. El año 2024, a raíz de la exposición El Negre de la Riba y otros mitos para asustar a los niños, tanto el barrio como García conocieron que el mascarón representaba un indígena norteamericano hecho desde la mirada de los colonos. Más tarde, una vez se quemó y se desconfiguró su rostro, se reforzó el estereotipo del “negro salvaje” y del “monstruo espantaniños” que, según García, reproducía –y continúa reproduciendo– imaginarios racistas.
Ahora, este artesano y las entidades vecinales están intentando resignificar el mascarón sin perder su esencia. No es una tarea fácil, sin embargo, porque es un personaje que el barrio y la juventud “ya se ha hecho suyo”. “Queríamos recuperarlo, pero no con estas connotaciones, y ahora es muy frustrante porque ya forma parte de la tradición del barrio”, reflexiona. En este sentido, actualmente están en proceso de reimaginar esta figura junto con colectivos antirracistas. “De momento, el origen continúa siendo colonial, pero él no quiere serlo y se intenta rebelar”, argumenta el artesano, añadiendo que están buscando la fórmula para que se convierta en una imagen que también “quiera la gente racializada”.
¿La Barceloneta se acaba?
Finalmente, y si tal como asegura García, la salud de un barrio se puede ver en el cuidado de sus figuras populares, ¿cómo está la de la Barceloneta? “Jodida”, contesta. “Antes las fiestas duraban una semana entera y ahora, como molestan, solo dejan hacer cuatro días”, remacha. Según él, esto implica una pérdida importante del músculo vecinal, que se debilita ante las amenazas que sufre el barrio, como el aumento del precio de los alquileres, la presión turística o la gentrificación. “Antes éramos 30 calles haciendo Fiesta Mayor y ahora somos tres. La comisión también era un motor central y cada vez pierde más fuerza. Estamos perdiendo los grupos corales… Las cosas están cambiando, pero ya veremos hacia dónde”, concluye.




