Los bares de barrio son espacios de socialización. Lugares que, históricamente, han sido punto de reunión, acogida y sociabilidad imprescindibles para la vida vecinal. Ahora bien, algunas voces del sector alertan de que en este momento estos establecimientos se encuentran en un momento delicado fruto del contexto social y económico actual.
Los bares que te guardan las llaves, te recogen los paquetes, sus propietarios te saludan por tu nombre cuando entras y la cerveza no cuesta más de 3 euros viven momentos complicados. Y es que en los últimos años una serie de factores han provocado que cada vez sea más difícil que estos negocios salgan adelante.
Así lo aseguran muchas voces, como la del tabernero y antropólogo Sergio Gil, quien, el pasado diciembre, organizó el primer congreso de antropología gastronómica en Barcelona. Lo hizo, en parte, para poner sobre la mesa la importancia de un espacio que “está pensado para que la gente se encuentre y conecte” y que, más allá de servir comida, es “un núcleo de relaciones e interacciones humanas que da respuesta a la necesidad del barrio de reunirse, de encontrarse, de charlar, de escuchar y de participar de la vida”, explica al AMIC Cultura.
Pero, por otro lado, Gil reconoce que adelantó el congreso a finales del año pasado –originalmente estaba pensado para este 2026– para poner sobre la mesa la problemática de la pérdida de estos establecimientos y de su identidad en Barcelona, aunque se trata de una realidad que también se vive en la metrópoli. Una situación causada por diferentes factores, como, tal como apunta Gil, la inflación de los precios de los productos, la precarización de la población y el crecimiento de un modelo de negocio basado en macrocafeterías o “restauración organizada” –de propietarios con cinco locales o más– donde prima únicamente la producción y el consumo
¿Hay cada vez menos bares?
Es difícil cuantificar la pérdida de los bares de toda la vida con datos. Según el Institut Nacional d’Estadística (INE), en los últimos diez años Cataluña ha perdido 2.394 establecimientos de este estilo y España 19.136. El problema es que esta categoría incluye muchas tipologías de negocio: bares, tabernas, bares de copas, discobares y discopubs, cervecerías, cafés, bares de zumos y vendedores ambulantes de bebidas. La clasificación, sin embargo, no distingue entre aquellos que son de barrio o los que responden a nuevas tendencias de consumo.
Otros datos que podrían describir la situación de estos negocios, como la Enquesta d’Activitat del Sector de Restauració de Barcelona de 2024, muestran cómo cada vez hay menos establecimientos históricos en la ciudad. Desde 2014, los negocios de restauración abiertos antes de 1979 o entre 1980 y 1990 han pasado de ser el 56% al 28% del total. Y, en una noticia de El Periódico hecha a partir de datos municipales, se mostró la enorme rotación del sector en la capital catalana, la cual ha sumado hasta 5.600 traspasos de bares y restaurantes y 761 nuevas licencias en los últimos cinco años. Pero, al mismo tiempo, estas cifras tampoco contemplan qué tipos de establecimientos han nacido o han muerto: ¿se trata de un nuevo Vivari que solo le interesa el beneficio y sin carácter social, o un negocio de siempre que apuesta por un estilo tradicional?
“Los bares de toda la vida son una extensión del barrio y hacen de servicio público como las farmacias y las tiendas de comestibles”, explica el sociólogo Manuel Delgado
Un claro ejemplo de esto último sería el Bar Gelida en Barcelona, un negocio con 80 años de trayectoria que en 2024 decidió abrir un segundo local llamado Bar Migrat para dar respuesta a los cientos de clientes –tanto júniors como séniors– que a menudo hacen cola en sus puertas. O, incluso, los traspasos de bares de barrio a miembros de la comunidad china –que según la encuesta anterior son propietarios del 15% de los establecimientos analizados–, que en los últimos años ha tomado las riendas de muchos bares abocados al cierre por falta de relevo generacional y que, en la nueva etapa, acostumbra a mantener los platos y la comunidad de siempre.
Así pues, la situación del bar de barrio todavía tiene muchos matices y, de hecho, se trata de un término que responde más a la sociología que al marco legal, que “se queda corto”, según dice Gil, para hablar de un fenómeno social tan amplio.

“Una institución”
Para el sociólogo Manuel Delgado, los bares de barrio o de toda la vida son locales que se han convertido en “una institución de lo que es la vida social de proximidad”. “Son los bares en los que hay un tipo de público que lo ha visto como el escenario más adecuado para un tipo de sociabilidad que le es propia o que se le parece más”, apunta. A grandes rasgos, añade, son espacios donde su público “encuentra un ambiente reconocible y amable”.
Con todo, sin embargo, Delgado apunta que son locales que “están directamente vinculados a la personalidad de su barrio”, aunque, paradójicamente, tampoco han de tener “ninguna pretensión de personalidad propia”. Y, de hecho, se acostumbran a frecuentar porque son los que están más cerca de casa –el del barrio– y acaban convirtiéndose en un punto de reunión. “Son una extensión del barrio y hacen de servicios públicos como lo harían las farmacias y las tiendas de comestibles”, recalca.
Por otro lado, sin embargo, están aquellos locales a los que “o bien no se puede o bien no apetece ir”, puntualiza el sociólogo, refiriéndose a los que son “abiertamente para hipsters”. Se acostumbran a instalarse en zonas turísticas y buscan “una demanda más solvente y enriquecida, como la del turista”. En este sentido, apunta que son los negocios dominados por el mercado y que, por lo tanto, son los que optan por modelos más rentables que prescinden del público de siempre –el trabajador corriente y el estudiante que intenta gastar lo menos posible, por ejemplo– y de los precios populares.
Por su parte, Gil insiste en que son locales basados en el consumo masivo y que “no están pensados para cuidar ni albergar a la comunidad de su alrededor, de su barrio”. Por lo tanto, hablamos de espacios que han dejado atrás uno de los aspectos fundamentales de lo que, para Gil, debe ser un bar: espacios sociales, de socialización y de acogida que forman parte activa del día a día del vecindario
Hablan los bares
Más allá del marco teórico, cuando preguntamos a diferentes bares de barrios de la metrópoli sobre qué significa ser uno de estos establecimientos de proximidad, las respuestas varían. Sandra García, copropietaria de tercera generación del Bar La Patata (1955) en Cornellà, cree que implica un “ambiente familiar que funciona exactamente igual” que cuando lo cogió su abuelo. “Hablas de tú a tú con los que siempre han venido, sabes lo que quieren sin preguntar y los conoces a ellos y su vida”, recalca. Un espacio que, además, desde hace 70 años, García asegura que ha funcionado como lugar de encuentro para los trabajadores de las fábricas de los alrededores. “En los años 50 había pocos bares y restaurantes, y la gente humilde celebraba aquí comuniones, bautizos, bodas o simplemente tomaba el café antes de ir a trabajar”, apunta. “Algunos de los clientes que entran me dicen que ellos estuvieron aquí de jóvenes, y siempre preguntan por mi abuelo”, añade.
“La mayoría de nuestros clientes son gente obrera, y si subimos los precios, simplemente no vendrán”, asegura Sandra García, copropietaria del Bar La Patata de Cornellà
La Nova Farga (2014), en el barrio de Sants de Barcelona, a pesar de ser un local más joven, creen que son aquel bar “dedicado a la gente del barrio, desde donde se resiste y también donde entablas amistad o te haces colega con los vecinos”, asegura el propietario Ramón Puñet. “Es un lugar donde te sientes como en casa”, insiste. Un local que se contrapone a la dinámica de las grandes cadenas, las cuales tienen un trato “totalmente impersonal y donde a la persona la atienden en caja, coge la bandeja y se aísla en la primera mesa que encuentra”, añade.
I, por su parte, en el Bar Boxes (1982) de Badalona se describen como “un bar familiar”. “Nuestro trato de siempre es cordial, y cuando alguien empieza a venir vas cogiendo confianza y hay más complicidad”, explica el propietario de segunda generación, David Segura.
Con todo, sin embargo, los tres hosteleros apuntan que cada vez es más difícil sacar adelante un bar. “Antes mis padres, ellos dos solos, ganaban mucho más en beneficios de lo que ganamos ahora mi hermano y yo”, lamenta García. En esta línea, la propietaria de La Patata asegura que “la materia prima se ha encarecido muchísimo”, pero que ellos no pueden subir los precios de la misma forma. “La mayoría de nuestros clientes son gente obrera y, si subimos los precios, simplemente no vendrán”, dice.
La Nova Farga también ha observado este encarecimiento y, de hecho, explican que notan que los clientes cada vez están más precarizados a causa de los sueldos estancados y de una crisis de alquileres que ahoga a la población. “Si todos los precios suben, pero tu sueldo continúa igual, ¿de dónde sacarás los gastos? Del bar, porque de la comida de casa y de la compra, también cada vez más cara, no puedes”, remacha Puñet.
Además, tanto García como Puñet ven cómo los bares de siempre y los establecimientos de su alrededor han sido sustituidos por nuevos negocios o por grandes marcas. “Antes el McDonald’s estaba en Collblanc y en la estación de Sants, pero ahora lo encuentras en medio de la calle de Sants”, ejemplifica Pere Cardona, cocinero de La Nova Farga.
Los bares de barrio, pues, son conscientes de que viven un momento complicado, pero aseguran que hay que luchar por conservar su factor humano y de proximidad. “Son parte del patrimonio cultural y espacios de sociabilidad importantísimos y, si nos quedamos sin estos bares, se nos acaba la vida”, concluye Gil.
Cuidar la tradición
“Hacemos cocina catalana por militancia y no por nada más. Porque si no lo más fácil sería lo que hace el resto, congelados y comida rápida, que parece que ahora es más popular”, sentencia Pere Cardona, cocinero del Bar La Nova Farga (2014) ubicado en el barrio de Sants, Barcelona.
De hecho, Cardona defiende que la cocina “de los Països Catalans siempre se ha luchado, y se continúa luchando, en los bares” y que, para él, hacerlo no solo representa un movimiento de resistencia hacia una tendencia cada vez más frenética de macrocafeterías y restaurantes regentados por grandes franquicias, sino también para “conservar el patrimonio cultural y gastronómico de Cataluña”.
En esta línea, uno de los tipos de cocina catalana que ahora cobra cada vez más fuerza es, sin duda, el desayuno de tenedor. Y es que, tanto en toda Cataluña como en el área metropolitana, “el desayuno de tenedor vive un momento muy dulce porque está sumando consumidores que se apuntan a hacerlo desde una vertiente lúdica y de disfrute”, explica Rafa Gimena, periodista, sumiller y coordinador de la Lliga del Port i la Forquilla 2025. Así, si bien el periodista apunta que en las zonas urbanas como la metrópoli, el desayuno de plato catalán tiene que competir con propuestas como el *brunch*, asegura que se ha detectado una tendencia donde cada vez se hacen menos cenas de tres platos y, por el contrario, poco a poco aumentan los grupos de desayunadores que optan por hacer esta tradición catalana dos o tres veces por semana. “Ha sido un cambio social que ya viene de la covid, y también ha influido el estado actual de los sueldos: una cena gastronómica de sábado por la noche te puede costar hasta 120 euros si vas acompañado, pero con esta misma cifra te puedes hacer desayunos de tenedor durante toda la semana”, recalca Gimena.
Además, el periodista cree que el envejecimiento de la población también está ayudando a sumar más jubilados a los bares de siempre y sus comunidades que acostumbran a hacer estos desayunos. “Barcelona es muy diversa, y no solo es el Eixample o el Raval”, remacha el experto, y añade que la capital catalana “todavía tiene mucha barriada y muchas zonas que son como muchas ciudades o pueblos del resto de Cataluña, donde tienen toda una comunidad alrededor de los bares que, si la oferta del día son desayunos de tenedor, mucha gente optará por eso habitualmente”, concluye.




