Hay negocios que venden productos. Y los hay otros que, casi sin proponérselo, acaban vendiendo también una manera de entender la vida. Conserves Llopart, en L'Hospitalet de Llobregat, pertenece claramente a esta segunda categoría.
Desde 1948, este establecimiento histórico situado en el barrio de Collblanc, en la calle del Doctor Ferran i Clua, junto al mercado, se le ha conocido popularmente como “la tienda de las latas” y ha hecho de la calidad, el oficio y el trato personal su razón de ser. Y también lo es su estética, del todo inconfundible: colorista, exuberante, casi barroca. Estanterías llenas hasta arriba de latas de todos los tamaños, etiquetas de toda la vida, productos difíciles de encontrar en otras tiendas y un calor que no existe en las grandes superficies.
Hay un poco de todo: conservas selectas, marisco, aceitunas, quesos… Y conversaciones, muchas conversaciones, que esconden “historias personales y secretos mucho más potentes que las telenovelas de TV3”, dice el nuevo propietario del negocio, Toni Alcaraz. Y es que, hace pocos meses, este negocio vivió un cambio histórico.
Del mundo de la publicidad al mostrador de una tienda histórica
Hace menos de un año, Conserves Llopart abrió una nueva etapa. Marga Llopart, hija de los fundadores y heredera del negocio familiar, decidió traspasarlo. Pero buscaba a alguien que entendiera que aquello que dejaba atrás era mucho más que una tienda.
La persona que recogió el testigo fue Toni Alcaraz, un profesional que hasta hace poco trabajaba como creativo publicitario y que decidió cambiar completamente de vida. “Hacía tiempo que sentía que ya no encajaba en el mundo de la publicidad”, explica Alcaraz. “Necesitaba hacer algo más tangible, más real; un proyecto propio donde pudiera implicarme de verdad. Cuando me hablaron del traspaso de Conserves Llopart, vine, vi qué significaba esta casa y entendí que detrás había algo muy especial”, dice.
El cambio, reconoce, ha sido radical. De vender ideas a vender conservas. De las reuniones de agencia al mostrador. Pero asegura que ha encontrado una satisfacción inesperada.

Prescriptores de latas
“Cuando recomiendo un producto, no lo hago con voluntad de colocarlo, sino convencido de que gustará. Esta es la diferencia. Aquí la confianza es sagrada”, afirma. “Yo mismo lo voy probando todo. No podemos recomendar una cosa que no conocemos. Esto sería faltar al respeto al cliente”, añade el actual propietario.
Además, Alcaraz no está solo. Tiene el apoyo de su mujer, Laura, que está muy implicada en esta nueva aventura y, sobre todo, con un equipo de trabajadores que acumulan muchos años de experiencia y que conocen el negocio como su casa. Con todo, este antiguo publicista ha decidido mantener el nombre, la estética y todos los trabajadores.
“La gente aquí no viene solo a comprar, viene para que la orientes”, explica Rosa Escrig, una de las caras más conocidas de la casa y trabajadora del establecimiento desde hace 44 años. “Muchos entran y te hacen la pregunta clave: ‘Tú, a tu casa, ¿te lo llevarías?’ Y eso te obliga a ser honesto”, afirma. Este es, probablemente, uno de los secretos de la longevidad del negocio: la confianza.
Calidad por encima de las marcas
En Conserves Llopart no se venden marcas de supermercado ni se busca el reclamo fácil. El criterio es otro. “Nosotros buscamos calidad, no marca”, dice Escrig. Por eso compran producto por campañas enteras. Ahora toca espárrago, piden muestras, las prueban, comparan lotes y, cuando encuentran el producto que responde al nivel de exigencia de la casa, hacen una compra grande que les permite tener stock durante meses. Con los berberechos, el marisco y muchas otras conservas siguen el mismo proceso.
Es una forma de trabajar casi artesanal, basada en el conocimiento del producto y en una máxima simple: si se vende, primero se tiene que haber probado.

Una tienda, un almacén y un pequeño universo propio
Lo que ve el cliente cuando entra en la tienda es solo una parte del negocio. Detrás hay un gran almacén que funciona como el corazón logístico de Conserves Llopart, desde donde suministran producto a restaurantes de l'Hospitalet y Barcelona. De hecho, es lo que les permite tener alrededor de 70.000 productos entre latas y otras conservas y 790 referencias diferentes.
Entre pasillos llenos de cajas y estanterías infinitas de latas y referencias, la actividad es constante y la coordinación no cuenta con más automatización que la de Ferran Bartolomé, otro trabajador de la casa a quien definen como un genio que cuida de todos los productos, con ingenios ideados por él mismo para pasar por los estrechos callejones de dentro del almacén. "Aquí no tenemos ningún sistema mágico ni ninguna inteligencia artificial", explican medio en broma. "Tenemos personas que conocen el negocio y saben exactamente dónde está cada cosa", reivindica.
Este conocimiento acumulado es uno de los grandes activos de la casa. Parte de la plantilla hace décadas que trabaja allí, y esto ha permitido mantener una identidad muy definida, incluso en un momento de cambio como el que ha vivido el negocio en los últimos meses. Alcaraz lo tiene claro: "Yo he sido el último en llegar. Quienes realmente saben cómo late esta casa son ellos. Mi papel es aprender, escucharlos y asegurarme de que la esencia no se pierda".
En el equipo también hay otros nombres propios como Anna, en el mostrador, y quien conoce mejor a los clientes de la tienda; Alicia, al frente de la gestión administrativa; Sergio, en la atención al público y el funcionamiento cotidiano de la tienda y Walter, encargado de los repartos.
Mantener el legado en tiempos difíciles
En tiempos de inflación, cambios en los hábitos de consumo y con un sector pesquero cada vez más afectado por el cambio climático, mantener un negocio así no es fácil. "El mar ha cambiado mucho. Hay productos que cada vez llegan peor o cuestan más de encontrar. Pero nosotros seguimos eligiendo el mejor género posible. No bajamos el nivel", admite Escrig.
En Conserves Llopart hay aceitunas, sardinas, quesos, berberechos y centenares de productos más, todos bien conservados. Pero lo que también mantiene viva esta casa es el comercio de toda la vida, donde parece que el tiempo se detiene y no entran las prisas. Y parece que, por ahora, esto tiene su futuro asegurado, porque, como dice con humor su nuevo propietario, recurriendo a la expresión castellana ‘dar la lata’, tienen para muchos años más.




