Las voces de Huckleberry Finn

La figura de Mark Twain, padre literario de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, vive un momento glorioso en catalán, con nuevas traducciones de obras suyas y de autores que le rinden homenaje.

17 de abril de 2026 a las 14:36h
Les aventures de Huckleberry Finn © Mercè López (1)

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La corriente del Mississipi nos trae novedades. Comanegra ha publicado, con edición y traducción de Jaume Creus, Contes extravagants de Mark Twain, un inventario de la estulticia humana descrita con el inconfundible humor de un hombre que hizo todos los papeles del auca y vio de todos colores en sus setenta y cuatro años de vida: miliciano confederado en la guerra civil americana, también fue minero, impresor, periodista e incluso piloto de barco de vapor. De este oficio le viene el pseudónimo de Mark Twain, una exclamación que hacen los marineros para indicar a sus compañeros que el río tiene la profundidad suficiente para navegar. El paisaje fluvial del Mississipi es inseparable de sus grandes novelas, pero fue también materia prima de sus libros de memorias, como La vida al Mississipi (Edicions de 1984), obra traducida al catalán por Marc Donat, en que Twain, a medio camino entre la crónica social e histórica y el libro de viajes, nos adentra en dos períodos de su vida: los años de aprendizaje para llegar a ser piloto de los vapores que llenaban el río Mississipi antes del estallido de la Guerra de Secesión, y el nostálgico regreso a los mismos escenarios, treinta años después —convertido en un escritor de renombre, ahora sí con el pseudónimo que lo ha hecho célebre en todo el mundo—, cuando los vapores, vencidos por la citada guerra y por la irrupción del ferrocarril, ya son una molestia del pasado.

Twain describe allí el mundo que le sirve de paisaje para escribir Huckleberry Finn, que ahora por fin podemos leer con una buena traducción de Xavier Pàmies, publicada por Proa. He aquí la historia de un chico adolescente, huérfano de madre y con un padre borracho, sin oficio ni beneficio y sin rumbo, que navega río abajo con una balsa, a la aventura, con Jim, un negro fugitivo que si fuera detenido correría el peligro de ser revendido como esclavo. Como dice Enric Casasses en el prólogo, «la amistad con Jim hace que Huck se sobreponga a los prejuicios racistas y clasistas que impregnan su mundo». Tanto el uno como el otro «sufren este racismo, lo viven, se lo tienen que creer, pero profundamente, humanamente, se han liberado de él». En este sentido la novela se puede leer como «un gran manifiesto contra el racismo», si bien Twain advierte en el epígrafe inicial que quien intente encontrar una moral en este libro será desterrado. 

Al final de la novela, Huck se resiste a dejarse civilizar por la tía Sally y se larga hacia el territorio indio. Robert Coover (1932-2004) tiró de este hilo para escribir una secuela en clave posmoderna a Huckleberry Finn en el oeste (Quaderns Crema), una novela muy bien traducida por Marta Marfany que nos sitúa en la vida adulta de Huck en California, donde pasa aventuras con Jim, que vuelve a caer en la esclavitud después de ser vendido a unos Cherokees nada más y nada menos que por Tom Sawyer, que aquí no queda bien parado.

Coover le da a Huck un destino consecuente con el talante de vagabundo libre que Twain había impreso en su carácter. Aquí Huck contrae con Eeteh, un indio de la tribu lakota, una relación similar a la que tenía con Jim, la de dos hombres que prefieren vagar en libertad antes de doblegarse a trabajar. Aquella falta de ambición del adolescente se ha transformado en un escepticismo adulto ante las convenciones sociales. Huck capta la hipocresía reinante pero se mantiene libre de malicia o de resentimiento. Coover no aborda tanto el estigma racial de los negros pero sí que expone las vergüenzas del supremacismo blanco que justificó el exterminio de los nativos americanos durante la conquista del Far West.

El autor afroamericano Percival Everett ha hecho una reescritura genial de Huckleberry Finn con James (Angle), en la que cuenta la misma historia en boca de Jim, un Jim que siendo lector autodidacta sabe explicarnos, a lo largo del mismo viaje fluvial por el Misisipi, la costra racista de los estados del sur. Esta novela, traducida por Jordi Martín Lloret, ha obtenido tanto el Pulitzer como el National Book Award, y ha sido saludada instantáneamente como un clásico por la destreza con la que invierte y subvierte el punto de vista original del narrador. Con un humor delirante, Everett hace que Jim hable con su familia en un inglés estándar pero que mantenga el patois propio de los negros ante blancos, con quienes se muestra ignorante y supersticioso para no levantar sospechas. Como en la aventura original de Twain, Jim y Huck se encuentran en la isla de Jackson y harán un viaje por el Misisipi, uno huyendo de Miss Watson, que lo quiere vender como esclavo, y el otro fingiendo que ha muerto para escaparse de un padre abusivo. Ahora, las «aventuras» pueden significar, para Jim, ganarse la libertad, recuperar la dignidad y hacerse respetar como no habían podido hacer sus antepasados.

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