Agnés Sales asegura que se expresa mejor a través del movimiento que de la palabra, algo muy normal si hablamos de una bailarina. Durante esta conversación en el Ateneu Popular 9 Barris demuestra una cierta timidez, pero la va aparcando a medida que la entrevista avanza. Se explica bien y tiene las ideas claras, a pesar de reconocer que no es habitual que la entrevisten. Sales, barcelonesa de nacimiento y que actualmente vive en Montornès del Vallès, es codirectora de la compañía Agnés Sales & Héctor Plaza. Tiene 33 años, pero el movimiento forma parte de su vida desde que tenía tres, cuando empezó a hacer gimnasia.
Empezaste tu carrera como gimnasta. ¿Hasta qué edad te dedicaste a ello?
Empecé muy pequeña, con tres años y medio, y lo hice hasta los 16. Fue un período muy intenso. Entrenaba cada día cuatro horas. Y también los fines de semana en el Centre d’Alt Rendiment de Sant Cugat… En realidad fue el inicio de mi carrera, porque fue donde se empezó a cultivar toda la disciplina. Yo era una niña que hacía gimnasia, pero, por ejemplo, los bailes que hay en la gimnasia me los inventaba todos.
Ya había una parte creativa.
Sí, y de conexión con la música y la danza.
Esta disciplina que comentabas, con la edad que tenías también debía desgastar un poco, ¿no?
Sí, pero lo alargué porque lo disfrutaba y me gustaba mucho. Evidentemente, existe esa parte de disciplina, pero también había autosuperación, vencer tus miedos… Con todo esto la gimnasia me ayudó, pero es cierto que cuando llegas a la adolescencia tienes ganas de probar más cosas.
Entonces llegó el salto al mundo del hip-hop.
Sí. Tenía unos patines y patinaba en los skateparks, donde empecé a conocer gente, a escuchar música hip-hop… Primero hice la típica extraescolar y entonces descubrí el hip-hop freestyle, el house y después el breakdance.
Hablando de visibilidad, pero de otro tipo, en 2017, en esta misma etapa, formabas parte del espectáculo Billy Jean. Era una pieza que planteaba los límites de la exposición humana combinada con la voluntad que todos tenemos de privacidad. ¿La danza es una disciplina donde hay mucha exposición? ¿Cómo artista te expones mucho cuando bailas?
Depende de la temática. Exponerte, te expones, porque la gente te mira y eres el centro de atención. En función de la temática, y de lo que estés creando, expones más o menos tus pensamientos o te expones más íntimamente tú mismo. O quizás no. Puedes hacer algo que sea solo movimiento y no hable de ninguna emoción.
La danza, en el fondo, ¿tiene unas raíces, digamos, primitivas?
Es decir, los humanos, cuando somos muy pequeños, ya podemos bailar, o algo que se parezca a bailar, antes de hablar.
Lo que siento es que estamos mucho más conectados con el movimiento de lo que después en la vida adulta utilizamos. Podríamos hablar de qué es bailar, pero moverse y explorar el movimiento es lo que hacen los niños sin parar. Esto es increíble, como también lo es conectar con esto como adultos, porque mucha gente se olvida de su cuerpo, de jugar con él, de qué capacidades de movimiento puedes tener, qué necesita tu cuerpo, qué tensiones tienes… Después ves adultos que están muchas horas delante del ordenador y que tienen el cuerpo que no está conectado con ellos mismos.
Seguramente muchas veces nos olvidamos de que el cuerpo es parte de todo.
Es que al final las emociones también se canalizan a través del cuerpo. Y si no las tratamos, sea a través de la emoción o desde el cuerpo, hay un bloqueo que se queda allí.
De hecho, leía unas declaraciones de la bailarina Dácil González que en una entrevista decía: “Prefiero más bailar que hablar”. No sé si a ti también te pasa.
Totalmente. De hecho, esta entrevista me genera un poco de ansiedad [sonríe], porque me expreso mucho mejor a través de la danza que de la palabra. Está clarísimo, y por eso bailamos. Y también hay cosas que no se pueden decir con palabras. A veces las palabras permiten concretar, mientras que el movimiento es más abstracto. Y hay pensamientos y emociones que son más abstractos. La danza puede llegar más a estos lugares. De hecho, cuando en un espectáculo introduces la palabra, el público está mucho más orientado. Y cuando es algo más abstracto, la gente se puede hacer más su película. La palabra contextualiza mucho.
Volviendo a tu trayectoria, en 2019 formaste parte del Circo de Invierno, una producción del Ateneu Popular 9 Barris, el lugar donde estamos ahora haciendo la entrevista. ¿Qué representa para ti este espacio para el mundo de las artes escénicas?
El Ateneu fue un lugar donde me sentí muy acogida, y sigue siendo así. Siento que su gente tiene mucha conciencia sobre el hecho de respetar al artista. Como espacio también está muy conectado con el barrio, trabajan en horizontal… Es un lugar especial que vale la pena descubrir.
Un momento de descubrimientos.
Sí, conecté con el hecho de poder hacer lo que quisiera. No había nadie que me dijera “son 20 repeticiones de rueda sin manos”, por ejemplo. Te daba libertad de creación, de poderte expresar… Encontré un lugar, con las danzas urbanas, donde ser yo misma.
Trabajo bastante en Francia y me quedo alucinada, porque allí las salas se llenan en todos los pueblos
Seguramente uno de los problemas, si miramos el mapa cultural barcelonés y metropolitano, es que de lugares como este no hay muchos.
Exacto. Y aquí se dan muchas oportunidades. El Circo de Invierno, por ejemplo, cada año está dirigido por unas personas diferentes y los artistas también cambian. E intentan poner la mirada en la persona que está aquí para que se sienta acogida, que económicamente las condiciones sean buenas… Cuidan mucho al artista. Cuando empecé con el Circo de Invierno y vi el horario, la organización… Había un espacio que ponía ‘Cuidados’ y aluciné. Nunca lo había visto en ningún sitio. Dentro de una creación, que puede ser un momento muy intenso y convives con mucha gente, emociones y egos, que hubiera este espacio por si hacía falta me pareció increíble.
Aparte de los espacios, y si hablamos de la oferta actual, lo que más se hace es espectáculo de calle. ¿Es el formato que actualmente atrae a más gente?
Creo que esto es muy bueno, porque hace que haya nuevos públicos. Y personas que no verían danza de repente lo hacen. Así se hace más popular y para todos.
De estos espectáculos, normalmente los que funcionan más son los que tienen una duración de unos 10 o 15 minutos. Más allá del desgaste físico que tiene un formato así, no sé si crees que los breves funcionan porque la danza tampoco se escapa del consumo cultural marcado por la brevedad y la rapidez…
No te lo sabría decir del todo. Yo que trabajo bastante en Francia me quedo alucinada, porque allí las salas se llenan en todos los pueblos. En el pueblo más pequeño, y que menos te lo esperas, la sala está llena. Esto me sorprende mucho. Aquí tenemos una tradición cultural que hace que no vayamos tanto a las salas, sino que nos gusta más estar fuera, tomar una cerveza, disfrutar del tiempo… Y de repente hay un festival de danza. La sensación es que tiene más que ver con esto.
¿Es más agradecido el panorama cultural y de intereses que te encuentras cuando vas a Francia que el que hay aquí?
En cuanto a la valoración que hay hacia el arte y la danza, la verdad es que sí que piensas: "Me encantaría que fuera así en Cataluña".
Pero no es así…
Pero poco a poco… La APDC (Associació de Professionals de la Dansa de Catalunya), por ejemplo, está luchando mucho y moviendo cosas para que haya cambios. Lo veo con optimismo.

¿Y de los espectáculos de gran formato, de sala, aquí cuesta más tener garantizados y entrar en un circuito, a pesar de tener una trayectoria consolidada?
A nosotros, con la compañía nos gustaría mucho hacer una pieza larga de sala, pero es difícil. Y en cuanto al dinero y las ayudas… Es complicado.
Desde el sector público no es que lleguen muchas ayudas, ¿no?
No. Y para que lleguen tienes que hacer un esfuerzo muy grande mientras te estás ganando el dinero con otra cosa porque tienes que vivir. No hay tiempo de mirar todas las subvenciones que existen. A veces se te van las ganas…
La primera vez que me pagaron por bailar no me lo creía
Esto es una queja de todo el sector cultural.
Es que hay veces que con Héctor hablamos de lo incompatible que es pasarte toda una mañana delante del ordenador mirando una convocatoria o una subvención con ponerte en la sala a crear cosas. Utilizas otra parte de tu cerebro y llegas a la sala
y ya no tienes ideas.
Casi te queda invalidada la capacidad creativa.
Exacto, eso es lo que quería decir. Sería ideal tener una persona que te ayudara a hacer todo esto.
Esto enlaza con la problemática de la precariedad. Esta palabra siempre está ahí…
Sí, hay mucha precariedad. Yo siempre les digo a mis amigas que la decisión de dedicarme a la danza no es inteligente [sonríe]. Lo que pasa es que no veo qué otra podía haber tomado, porque yo quería hacer esto. Pero vives en una situación muy precaria y muchas veces te preguntas si quieres seguir, porque piensas en el futuro y dices: “¿Quiero estar siempre así? ¿Sobreviviendo? No lo sé…”.






