David Martínez (Barcelona, 1977) es uno de los autores más conocidos a la hora de explicar curiosidades e historias de Barcelona. El seu compte de X –antes Twitter– @historiesdebcn acumula más de 53.000 seguidores, y en los últimos años se ha convertido en uno de los referentes en difusión histórica más populares en las redes sociales. Ahora, después de más de siete años rebuscando y compartiendo los episodios más singulares y olvidados de la ciudad online, Martínez publica su primer libro, Històries de Barcelona.
¿Cómo es que das el salto al papel?
Realmente, antes de las redes empecé con el blog Històries de Barcelona en 2018, aunque ya era una época en que iban a la baja. Pero el hecho de tenerlo, que en cierta manera ya tiene este formato de explicar historias un poco más largas, me permitió saltar fácilmente al papel. Después me llegó la propuesta de hacer un libro partiendo de una idea similar a la del blog, pero en un formato que no estuviera muy lejos de las redes. Así es como nació.
¿Qué podemos encontrar exactamente en el libro?
La idea es que sea un recorrido por la historia de Barcelona, desde el principio –con los mamuts– hasta los tiempos actuales. Lo hace a partir de episodios concretos, hechos anecdóticos y curiosidades que se pueden ir situando en cada momento histórico. También se representa toda Barcelona y un poco de cada barrio, y son historias que no son muy conocidas o que a veces solo se conocen en el ámbito académico. Además, están ordenadas cronológicamente, aunque no hace falta leerlo de una tirada: la idea es que puedas saltar de un capítulo a otro.

Empezaste el blog hace más de siete años. Después de tanto tiempo, ¿hay más historias que contar?
Sí, claro. Cuando empecé, hice una lista de temas y, de hecho, en el libro he dejado fuera muchos porque requieren más tiempo de ir a visitar archivos, hablar con gente o rebuscar sobre el terreno. De momento tengo un montón de hojas de notas de, quizás, entre 300 y 400 temas pendientes.
¿Cómo te las arreglas para encontrar tantos?
Tirar de un hilo te lleva a otro. Cuando busco fotografías en las hemerotecas me encuentro con otras que también son interesantes. Además, Barcelona es una ciudad que va cambiando continuamente. Hace poco se replanteó la historia del foro romano, por ejemplo. Algunos arqueólogos ya lo habían planteado, pero ahora se han encontrado evidencias arqueológicas. Es decir, siempre hay algún hallazgo que lleva a un nuevo descubrimiento, y esto es porque Barcelona es una ciudad en constante transformación. Las historias no se acaban nunca, y menos las pequeñas y las más curiosas que aún no se han explicado.
En el prólogo aseguras que has recopilado historias de Barcelona que no se han explicado del todo bien.
Sí. La que me hace más gracia es la del Barrio Chino, nombre con el que se conocía antiguamente la parte baja del Raval. Se llamaba así, no porque hubiera población china, sino porque se hacía un paralelismo entre esta zona del bajo fondo barcelonés con “gente de mala vida”. El origen de la expresión se atribuye al periodista Paco Madrid, porque la utilizó por primera vez en un artículo de 1925. Pero buscando en la hemeroteca encontré que esta expresión ya se usaba mucho antes. La cuestión es que a él se le ha atribuido la invención del término –incluso el propio periodista lo decía–, pero es probable que la oyera de la propia gente del Barrio Chino. Son cosas que pasan mucho en la divulgación: quizás todo el mundo saca información de una misma fuente y, a veces, es posible que esta contenga errores por descuidos. Y el problema es que se repite hasta que alguien la contrasta.

¿Y cómo te aseguras de que todo lo que explicas es cierto?
Siempre intento contrastarlo con muchas fuentes, pero a veces la parte más antigua es mucho más complicada que los dos últimos siglos. Bueno, estoy seguro de que en el libro debe haber algún error y que quizás habrá alguien que lo haya vivido y me diga: “No, eso no fue exactamente de esta manera”. O también que, como comentábamos hace un momento, haya cogido una fuente que tiene algún error.
¿Te han corregido alguna vez?
Sí. Hace tiempo escribí un artículo sobre los focos de luz del Palau Nacional y tomé la información de un libro editado por el Ayuntamiento donde también se detallaban ciertos aspectos técnicos sobre la potencia de los focos que, obviamente, yo no controlo. Poco después de publicarlo, me escribió un hombre que había trabajado con el arquitecto Carles Buïgas –que diseñó los focos en los años setenta– y que hizo el mantenimiento. Me dijo que lo que explicaba no era correcto. Por eso siempre intento buscar el máximo de fuentes posibles.
Haces una labor de difusión histórica, pero no eres historiador. ¿Crees que es un inconveniente?
Es un tema complicado [ríe]. Yo no me vendo como historiador, y respeto mucho a los que hacen investigación, porque es de donde bebo. Pero sí que es verdad que, en Barcelona, tradicionalmente ha habido figuras de periodistas –hoy en extinción– que explican la historia de la ciudad desde la crónica social. Pienso, por ejemplo, en Lluís Permanyer, que es de los más conocidos, o en Sempronio. Yo estoy en este campo y no creo que sea una contradicción. Aun así, entiendo que haya historiadores que se lo miren con recelo, porque desde el periodismo a veces no se contrastan bien las fuentes o no se explican. Yo intento ser respetuoso y decir dónde he encontrado cada cosa y cuál es la fuente que hay detrás.

Mamuts, barrios desconocidos, fuentes macabras… El libro aborda muchos temas y de todos los distritos, pero ¿qué historia es la que más te ha sorprendido?
Hay varias, pero la que más me gusta es la de los focos de Montjuïc que se hicieron en 1929, para la Exposición Internacional. Durante los años de la República proyectaban los colores de la senyera, y en los setenta se hicieron una serie de pruebas para volver a hacerlo, pero como no se iluminaba lo suficiente el color rojo se dejó correr. Todo esto quedó olvidado, y en los 2000 no se sabía exactamente si se trataba de una historia real o de una leyenda urbana, porque aunque hubiera fotografías, eran en blanco y negro. Pero entonces encontré una foto en color de aquellas pruebas y, por lo tanto, fue como verificar una parte de ello. Además, con la hemeroteca pudimos acabar de certificar la historia.
A la hora de explicar la historia siempre es importante el punto de vista con el que se hace. ¿Cuál crees que es el tuyo cuando hablas de Barcelona?
Ostras, no lo sabría decir [ríe]. No sé si se considera un punto de vista, pero para mí es la parte más reivindicativa del patrimonio. Quizás soy pesado y hay gente que se lo toma como un ataque, pero, por desgracia, en Barcelona se ha destruido mucho. Y no solo con Porcioles (alcalde de la ciudad entre 1957 y 1975), sino con todos los gobiernos que han venido después y de todos los colores. Cuando pido la protección de algo es porque se consideran elementos emblemáticos con valor histórico. Y no es una crítica política, sino simplemente una llamada de atención. Aquí mismo, por ejemplo, en la calle Girona, tenemos los raíles del tranvía que hace tiempo que entidades como el Museo del Transporte piden al consistorio que coloque una placa. Pero no es una cuestión solo de este gobierno y ni siquiera del Distrito: hace mucho tiempo que también se reclamaba al Ayuntamiento anterior y se seguirá insistiendo al siguiente. Al final, es un problema que se va eternizando, y me da la impresión de que el patrimonio se olvida hasta que cae. Y, cuando lo hace, entonces nos lamentamos porque “está demasiado dañado”.




