Lorena Ruiz Pellicero: la artista que del cansancio visual hace arte

22 de mayo de 2026 a las 08:00h
Actualización: 09:51h
260205 LorenaRuiz 1

Guarda esta noticia en mi perfil

Guarda esta noticia en mi perfil

Comparte la noticia

Lorena Ruiz Pellicero (Sant Boi, 1991) es una artista que, tal como ella misma explica, se relaciona con el mundo a través de la experiencia visual. Esto le sirve para ser una constructora de imágenes y vídeos que se convierten en creaciones artísticas, donde a menudo hay una carga fuerte de ironía o absurdidad. De hecho, quizás para entender el mundo actual es muy necesario recurrir a una forma absurda de mirar las cosas.

“Me llamo Lorena Ruiz Pellicero y tengo miedo de quedarme ciega”. Esta es la primera frase que aparece en la biografía de tu web. ¿De dónde nace este miedo?
Pues la verdad es que no lo sé. Cuando te hacen la típica pregunta para saber de qué tienes miedo, siempre he pensado en quedarme ciega. Porque si te mueres, pues ya está, pero quedarte en este mundo sin la parte visual en el planeta oculocéntrico en el que vivimos...

¿Cómo ha influido este miedo en tu carrera artística?
Lo he ido descubriendo poco a poco y, cuando vas haciendo cosas, ves que hay unos temas que se repiten mucho. Siempre he tenido este interés en la visión, tanto de forma fisiológica como a nivel más conceptual. Y como me interesa mucho la idea del cansancio visual, he pensado mucho en esto; en la sensación de no ver nunca bien, porque tengo miopía. Notar que no enfoco por el astigmatismo, las moscas flotando... Cuando tengo estrés o estoy mucho tiempo delante del ordenador, veo peor.

Trabajas principalmente con la fotografía y el videoarte. ¿Cómo definirías lo que haces?
Me interesa la forma en que miramos el mundo y utilizo elementos visuales de la imagen para hablar sobre la misma imagen. Te focalizas mucho en los objetos cotidianos. Puede parecer sencillo, pero requiere esfuerzo. Sí, es ir al detalle de las cosas. Es intentar observar desde otro punto de vista. Repensar las imágenes. Me interesa más la parte de pensar la imagen que de mostrarla.

Una parte importante de la obra de Lorena Ruiz tiene relación con los ojos y la mirada. Foto: Joanna Chichelnitzky
Una parte importante de la obra de Lorena Ruiz tiene relación con los ojos y la mirada. Foto: Joanna Chichelnitzky

El proceso.
Exacto. Toda la reflexión que puede haber detrás de una imagen.

¿Hacer poesía visual, en un mundo de imágenes como el que vivimos, puede ser más complicado que en otros momentos?
No sé si es más fácil o más difícil, pero sí que requiere más atención.

En un momento en que la atención la estamos perdiendo...
El cansancio visual es un nuevo lenguaje visual compartido. Fijarse en detalles es lo contrario de lo que ahora estamos acostumbrados a hacer.

“Amigos de Madrid ven los centros cívicos de Barcelona como algo flipante”

¿Y te encuentras, como le pasa a mucha gente, con el problema de la falta de concentración?
Sí, me pasa mucho. Estamos todo el rato exaltados, y por eso, cuando creo, intento hacer bocetos manuales para centrarme en el pensamiento y estar fuera de la imagen para acabar produciendo una, lo cual es un poco paradójico.

Por eso llevas una libreta encima llena de dibujos...
Sí, siempre trabajo a partir de bocetos. Es mi forma de imaginar las cosas que quiero crear.

Ahora que hablamos de poesía visual, en Cataluña ha habido grandes nombres como Joan Salvat-Papasseit o Joan Brossa. ¿Te inspiran?
Quizás más al inicio de mi carrera que ahora. Cuando empecé, Brossa era uno de los artistas de aquí que me marcó más, con sus ideas de transformar los objetos para que tengan un doble sentido. O cómo explicar una cosa muy compleja de una forma muy simple. Y otra inspiración fue el fotógrafo Chema Madoz.

Y de esta etapa inicial has ido evolucionando.
Sí, he salido de la imagen plana, impresa y rectangular y ahora juego con romperla tanto física como digitalmente. Me interesa mucho esto del glitch y el error en un momento como el actual, donde las imágenes se comparten y recomparten y van perdiendo calidad.

Los ojos de Lorena Ruiz. Foto: Joanna Chichelnitzky[/caption]
Los ojos de Lorena Ruiz. Foto: Joanna Chichelnitzky

En esta primera parte de tu carrera, en 2015 te vas a vivir a Madrid para estudiar. En tu proceso de adaptación empezaste a fotografiar objetos cotidianos.
Sí. Cuando fui a Madrid fue para estudiar el máster de fotografía, y era la primera vez que iba a vivir a una ciudad grande, ya que yo vivía en Sant Boi. Paseaba mucho, porque lo hago cuando necesito pensar, y ver cosas en la calle me daba ideas. La inspiración hizo que en la calle empezara a ver lugares como si fueran estancias de casa, y entonces cogí objetos caseros y los colocaba en la calle. Al final, todos los objetos son creaciones humanas y tienen una carga cultural y de costumbres fuerte. Y también dicen mucho de la clase social de las personas.

Un poco más tarde, en 2017, haces el proyecto Esto (y no eso, ni aquello) inspirado en La traición de las imágenes de René Magritte. ¿Hasta qué punto se puede manipular el sentido de una imagen?
Me parecía interesante relacionar esta manera de hacer de Magritte con la fotografía, porque la pintura sabemos que no es del todo real, sino que sale de la imaginación. En cambio, la fotografía sí que es un recorte de la realidad, aunque ahora tampoco es del todo así, como demuestran las teorías, por ejemplo, de Joan Fontcuberta. Por lo tanto, lo que he hecho yo es jugar con la idea de si la foto es una foto.

“Para crear necesitas aburrirte”

Desconstruir la fotografía.
Sí. Lo que me gustó de la fotografía era manipular la idea de la propia fotografía.

En el proyecto Fora apostaste, durante la pandemia, por el videoarte. Las proyecciones que hiciste representaban verbos anhelados durante la covid, como por ejemplo respirar, hablar, salir o viajar. ¿Tuviste una explosión de creatividad?
Pues fue un cambio de vida, porque había marchado de Madrid para viajar unos meses, pero empezó la pandemia y volví a Sant Boi, a casa de mis padres. Era un momento con pocas cosas que hacer, y ya tenía la intención de dedicar más tiempo al arte, ya que hasta entonces estaba trabajando de editora gráfica. Fue un momento experimental con la cámara y, cuando se pudo salir a la calle, empecé a crear.

Hablemos un momento de tu trabajo de editora gráfica en El País. ¿Cómo es trabajar en un lugar tan importante?
Era bastante intenso.

La artista, en el patio interior del Convento de Sant Agustí. Foto: Joanna Chichelnitzky
La artista, en el patio interior del Convento de Sant Agustí. Foto: Joanna Chichelnitzky

Un trabajo creativo, pero me imagino que a un ritmo muy alto y con estrés.
El papel es más lento, pero la web es diferente. Yo estaba más en la web, pero también en el diario en papel y en las revistas. En el día a día tenía que revisar todas las imágenes que llegaban de las agencias, que eran unas 10.000 o 15.000, y las veía en pequeño: imágenes, imágenes, imágenes... Y eran o cosas de política o desgracias. Trump, Trump, Trump; guerra, guerra, guerra, y alguna cosa pequeña buena por el medio, como por ejemplo que se había recuperado un animal en extinción. Esto era muy exigente mentalmente y me noté que me volvía insensible a las imágenes. Me preocupaba, porque estaba ocho horas viendo este tipo de imágenes que te digo y eligiéndolas, porque muchas no se pueden publicar, pero tú sí que las ves. Imágenes muy fuertes. Quería salir de allí por la carga mental que eso suponía.

“Es muy importante conseguir que la cultura exista fuera de Barcelona, donde hay un exceso de oferta”

Y decides cambiar de trabajo.
Sí. A ver, había una parte que me gustaba, de estar muy informada y al día de todo, pero también veía que no era mi pasión. Yo quería ser artista, pero nunca me había lanzado, porque no es fácil. Y en esta nueva vida de artista descubres que el aburrimiento es fundamental. Una cosa que en El País no era posible, supongo... Sí. Para crear necesitas aburrirte. Para mí, los días que ahora te decía de estar en Sant Boi durante la pandemia fueron muy productivos, y viví un proceso similar al de Madrid con los objetos. Como hacía mucho que no vivía en Sant Boi, durante las horas de la pandemia que se podía salir empecé a observar mucho.

Vuelves a descubrir tu ciudad.
Correcto. Veía espacios que me provocaban algo...

Aunque ahora vives en Barcelona, ¿qué representa para ti Sant Boi en el ámbito creativo? ¿Cómo te ha influenciado?
El hecho de fijarme en las cosas cotidianas y del día a día es muy de Sant Boi. Al final, cuando era pequeña, no había ni cines ni museos. No tenía acceso al arte. Y también soy hija única, y jugaba a imaginar cosas que no existen y a ser creativa a partir de lo que tenemos todos.

Ahora lo decías: en Sant Boi no tenías una oferta cultural para empezar a descubrir cosas. ¿Crees que Barcelona hace de sombra a nivel cultural?
Sí, eso pasa. Pero ahora, Sant Boi, por ejemplo, ha cambiado mucho. No tiene nada que ver con los noventa. Hay museo, cine, muchas actividades... Y se hacen eventos culturales que intentan traer gente de Barcelona hacia la periferia. O lo que hace L'Hospitalet, que también atrae gente. Esto es muy importante: conseguir que la cultura exista fuera de Barcelona, donde hay un exceso de oferta. A mí Barcelona me encanta, pero a veces también pienso que entre semana me gustaría vivir en el campo y venir de vez en cuando. Y acabo no teniendo tiempo de prestar atención a la mayoría de las cosas.

Ruiz dice que uno de sus grandes miedos es quedarse ciega. Foto: Joanna Chichelnitzky
Ruiz dice que uno de sus grandes miedos es quedarse ciega. Foto: Joanna Chichelnitzky

Y en cuestiones culturales, al barcelonés le cuesta mucho ir a las ciudades metropolitanas. Quizás por esta gran oferta que ya encuentra en Barcelona.
Sí, existe esta concepción de que son lugares que están muy lejos, cuando con el transporte público no es así. Yo vivo en la Font de la Guatlla, en Montjuïc, y en 15 minutos puedo estar en bus en Sant Boi, el Prat o l'Hospitalet. A veces cuesta más llegar al Arc de Triomf. Existe esta cosa de que salir de Barcelona parece que sea ir al más allá. Y pasa lo mismo al revés... A gente de Sant Boi le digo que hago una exposición en Barcelona y lo ve lejos, cuando está a media hora.

Ahora que hablamos de identidades metropolitanas, en el proyecto de 2021 Bandera, Escudo, Himno hacías referencia a estas tres cosas. Lo hacías para abandonar los elementos de diferenciación que generan. ¿No te gustan las banderas, los escudos y los himnos?
Nunca he llevado una bandera de ningún tipo, aunque las puedo entender. Una cosa son las banderas que unen, como la LGTBI o cosas relacionadas con el feminismo y el pacifismo. Pero en cuanto al nacionalismo, que repito, puedo entender las reivindicaciones de los diferentes bandos, veo una idea excluyente que hace diferenciaciones entre unos y otros. Personalmente, no me aporta nada. Y, además, muchas banderas de Europa vienen de monarquías o de reinos antiguos que creo que a la mayoría no nos representan. Después están las banderas que vienen de revoluciones o de haber salido del colonialismo. Estas tienen más sentido, pero en Europa son heredadas de imperialismos que, hoy en día, ¿a quién representan? Y lo mismo con los escudos y los himnos. Son cosas que se me hacen muy ajenas a mi persona o a la gente que conozco.

Históricamente, el arte también ha servido para reforzar identidades nacionales, pero entiendo que tú precisamente lo ves como una forma de diluir realidades históricas muy potentes.
Sí, y creo que es importante ver esto desde el humor, cosa que intento hacer siempre. No quiero insultar ni hacer sentir mal a nadie, sino intentar que todos sepamos reírnos de nosotros mismos. Y usar objetos de la cocina o de limpieza para crear nuevos símbolos es una forma de decir que todo el mundo se puede sentir más representado con una fregona que con una bandera.

Y en 2024, con Echo de menos las pantallas, viajas al futuro, y con una videoinstalación hablas de la nostalgia que sentiremos por las pantallas, porque nuestros ojos ya se habrán fusionado con los aparatos. ¿Crees que este escenario pasará?
Es un poco apocalíptica, pero vamos en esta dirección. Ya vivimos en la búsqueda de la inmersión en la imagen y, al final, el ser humano siempre ha buscado extensiones del ojo. La tendencia es hacer los aparatos menos visibles hasta que acaben no existiendo, porque el aparato físico nos molesta. Esto surgió del trabajo final de máster, que investigaba sobre las extensiones del ojo y cómo los aparatos tecnológicos nos cambian la forma de mirar.

La artista de Sant Boi, en el espacio donde trabaja. Foto: Joanna Chichelnitzky[/caption]
La artista de Sant Boi, en el espacio donde trabaja. Foto: Joanna Chichelnitzky

¿Y crees que esta evolución puede acabar creando personas más dóciles y manipulables?
Hoy en día ya es difícil saber si lo que vemos a través de las pantallas es real o no. Por lo tanto, imagínate esto a través del ojo si acabamos quitando las pantallas. Esto es lo que planteo.

¿Y todo esto en un escenario en el que la IA avanza a gran velocidad? ¿La has usado en el proyecto I, Who Cannot See The Sky? ¿Qué herramientas crees que te aporta para continuar desarrollando tu carrera artística?
A mí me interesa sobre todo cómo intentamos que la IA nos entienda a los humanos. En esta obra pregunto a la IA cómo vería un cielo estrellado si lo pudiera ver, y el texto de la obra es lo que la IA me dijo. [De forma resumida, la IA decía que no lo vería, sino que lo calcularía y que, aunque no tuviera ojos, entendería su inmensidad]. El objetivo era reflexionar sobre la conciencia tecnológica. A nivel artístico, por ejemplo para crear imágenes, no me interesa, porque en mi caso precisamente lo que hago es crearlas yo.

¿Y es una amenaza para tu trabajo?
No. Entiendo la preocupación, porque hay muchos procesos que se pueden automatizar, pero al final la gente también se volvió loca cuando salió el Photoshop. La IA no puede estar presente en el mundo físico.

“Me interesa sobre todo cómo intentamos que la IA nos entienda a los humanos”

Tu último proyecto es In the Blink of any Eye, una videoinstalación para hacer un viaje inmersivo a través del concepto del parpadeo. Parpadear, que es la forma de procesar el mundo, es algo que hacemos menos por culpa de las pantallas. Parece mentira lo que provoca la tecnología...
Esto fue en un momento en que notaba cómo se me secaban los ojos por estar tanto rato delante del ordenador, y me acababa provocando tics. Hice investigación sobre el parpadeo y vi cuán necesario es a nivel cognitivo, porque el cerebro necesita procesar lo que vemos. Y estamos en un momento en que ya no solo no parpadeamos, sino que saltamos de una cosa a otra.

Estamos en el Convent de Sant Agustí porque acabas de empezar una residencia allí. ¿En qué consiste lo que estás haciendo?
El proyecto también tiene mucho que ver con el parpadeo y su muerte. De hecho, se llama La muerte del parpadeo y da continuidad al otro. Ahora son instalaciones físicas con elementos de interacción, con programación y sensores, y construyo objetos que aparecerán en la instalación. Recrearé una oficina con mesas y ordenadores y los objetos de cada persona, y hablo, partiendo del síndrome que en oftalmología se llama Computer vision syndrome, de los efectos que provoca mirar la pantalla todo el rato, como dolor de cabeza, ojos secos... Entonces le doy la vuelta y lo llamo Human vision syndrome, para decir que el ordenador está cansado de nosotros y que las máquinas reaccionan cuando una persona entra en la oficina, y se estresan porque tienen que trabajar.

Más allá de todos estos proyectos, quería preguntarte por las residencias. Has hecho en Barcelona y fuera. Aquí has pasado por Piramidón, Fabra i Coats, Casa R.A.R.O. y Convent de Sant Agustí. ¿Es una buena ciudad para desarrollar una carrera artística?
Creo que sí, pero requiere tiempo. No solo en el sentido de vivir en ella, sino siendo parte de la comunidad artística. En estos últimos años, a raíz de las residencias, he conocido a muchos artistas o agentes culturales que me han abierto oportunidades y me han hecho mejorar mis conocimientos. Y eso es muy importante, sea aquí o en cualquier otra ciudad. Ser parte de lo que está pasando y ayudarnos. Porque en el mundo artístico, quizás porque he tenido suerte, siento que aquí hay un acompañamiento colectivo bonito. Otras personas me han dicho que en otras ciudades no es así, que hay más competitividad.

La mirada artística de Lorena Ruiz está muy enfocada en los objetos cotidianos. Foto: Joanna Chichelnitzky[/caption]
La mirada artística de Lorena Ruiz está muy enfocada en los objetos cotidianos. Foto: Joanna Chichelnitzky

Además de los espacios artísticos que hacen residencias, en Barcelona también juegan un papel los centros cívicos. Has hecho proyectos en el del Guinardó y en Can Basté, en Nou Barris. ¿Se valoran lo suficiente?
No. Amigos que tengo en Madrid, por ejemplo, ven los centros cívicos de Barcelona como algo flipante. Me dicen que tenemos un tejido cultural público que tiene residencias, exposiciones, becas, espacios de trabajo... De hecho, esto es todo un tema: encontrar un espacio que no tengas que alquilar. Es muy valioso y no existe en todas partes.

También has pisado escuelas en el marco de proyectos como el programa Espais C, de la Fundació Suñol, que busca normalizar la creación artística en las aulas. Lo hiciste en Ciutat Meridiana, en Nou Barris, uno de los puntos de la ciudad que sufre más problemáticas sociales. ¿Qué te encuentras? ¿Cómo lo vives?
No estaba acostumbrada a estar en este barrio, porque está muy lejos. No es una zona donde vas a pasear. Nunca había trabajado con niños, y he tenido la suerte de que hay mucha motivación tanto en la escuela como entre los niños. Cogí el proyecto pensando que, si yo de pequeña hubiera tenido un artista en la escuela, habría estado muy bien. Y hay una cosa que me lleva a Sant Boi; que me recuerda esta cohesión de barrio donde subes al bus y todo el mundo se conoce y se saluda. Es como una mini ciudad dentro de la ciudad. Hay una comunidad bonita y a los niños se les ve felices y les gusta el proyecto. Veo que están agradecidos de que yo esté allí.

 

Regístrate para obtener recomendaciones personalizadas

Suscríbete al boletín de AMIC CULTURA para estar al día de todos los eventos y actividades.