La idea era dar un paseo por la Rambla de Barcelona con el artista y ramblero Quico Palomar. Quedamos con él cerca de su casa, en Portaferrissa, pero tiene muchos problemas para caminar y no nos vemos con ánimo de hacerlo desfilar entre las vallas, la maquinaria y los baches que han hecho –temporalmente– la Rambla más inaccesible que nunca. Él nos propone dar un paseo tranquilo hacia la plaza del Pi, uno de los lugares donde actuaba en la calle en los buenos tiempos. Vamos hacia allí.
Quico nos explica que la Rambla de los setenta, su preferida, era mucho más que una calle o un paseo. Era un ambiente; una manera de ser que se manifestaba cuando deambulabas por el “Gótico, el Barrio Chino, los cabarets…”. “En cualquier rincón te podías encontrar al sheriff o a Ocaña”, recuerda. “La Rambla de los años setenta era un pulmón; un centro de vida barcelonesa. Nos encontrábamos gente de toda Cataluña y de otros lugares”, evoca con añoranza. “Yo cantaba y vendía mis dibujos, y todo estaba lleno de gente que vendía cosas”, añade. ¿Qué queda de todo aquello?, le preguntamos con inocencia. “Camellos y putas”, nos responde con dureza.
Hacemos una parada en una tienda de turrones de la calle Petritxol. Una chica ofrece degustaciones a los transeúntes. Es gratis, pero Quico insiste en cambiar un trozo de turrón por un chiste. Ella ríe mucho y le deja elegir el dulce. Él no ha perdido el humor, pero se ha hecho mayor. “Uno de los problemas que tengo es que me siento débil. Debería ir siempre con bastón, porque no tengo fuerza”, se lamenta, sin quejarse. “No hago la vida que debería hacer”, dice. “Debería caminar más y correr y saltar, pero, caray, ya no soy un niño, ¿verdad? Deberíamos poder jugar siempre como lo hacen los niños”, continúa, sonriendo. Avanzamos entre turistas juguetones y Quico nos va señalando algunos de los lugares donde actuaba, como el Museo de la Guitarra. Pero hoy él nos quiere llevar a un lugar especial.
‘Si Adelita quisiera’
“La plaza del Pi siempre ha sido un remanso de paz de la Rambla”, nos explica. “Aquí había un muy buen ambiente. Siempre encontrabas jóvenes con guitarras”, relata. A la hora de hacerle una foto, Quico nos conduce hacia la estatua de Àngel Guimerà. Dice que allí se hizo una foto muy bonita, hace tiempo. Saca su mandolina de la funda. “También toco la guitarra de doce cuerdas”, nos informa. “Me gustan mucho los instrumentos exóticos y he tenido bastantes. Históricos, además”, detalla. Sostenido por la mandolina y ataviado como el trovador que se siente, se dispone a cantarnos una canción, aunque no se la hemos pedido. Es un clásico: Si Adelita quisiera ser mi esposa.

Su actuación resulta sorprendente para la mayoría de gente que pasea por la plaza y se sienta en las terrazas. En otra época se habrían reunido a su alrededor para aplaudir, cantar o reírse de él. Ahora lo miran de reojo, sin saber qué hacer. Por eso ha dejado de actuar en la calle. “A mi edad, la imagen que doy y la que yo querría dar ya no son la misma”, reconoce con mucha filosofía. “Pero en la plaza del Pi yo había actuado mucho, e incluso encima de un escenario”, recuerda.
Y no actuaba solo, precisamente. Aquí empezó La Fura dels Baus, de la cual Quico es uno de los fundadores. “Aquí mismo”, insiste. “Entonces éramos espontáneos, como los gitanos que iban siempre con la cabra, la trompeta y la escalera”, compara. Empezaron haciendo el hombre foca, “un percusionista que se metía las baquetas en la nariz”, y acabaron desfilando con artistas con zancos y malabaristas. “Queríamos representar el circo medieval”, rememora. Los caminos se separaron cuando sus compañeros de La Fura dejaron de ser trovadores y juglares y “se volvieron punkis”.
“Un chavalín simpático”
Quico está cansado y buscamos un banco donde sentarnos. Rápidamente, saca una libreta y nos enseña sus dibujos. Antes los vendía, “cuando era un muchacho simpático”. En cambio, ahora dice que es “un señor gordo y eso se ha acabado”. “Yo vendía fotocopias de mis originales a cien pesetas y luego a un euro. No intentaba sacar más dinero a nadie”, confiesa. Y no era por falsa humildad, sino por una razón más espiritual: “Quería desmitificar el arte y acercarlo al pueblo, pero lo que he desmitificado es el bolsillo”. Pintaba murales en bares, hacía exposiciones e incluso construía barcos vikingos, una de sus pasiones.
Lo más increíble es que este hombre mayor, que nos va explicando uno a uno los dibujos que guarda como tesoros, nos muestra a continuación su obra digital. “Con la IA cojo los dibujos y hago que se muevan. Ahora mismo tengo en marcha un proyecto sobre la montaña de Montserrat con dibujos míos en movimiento”, nos dice, como si nada. Algunos se pueden ver en su perfil de Instagram y, si le dais confianza, os los enviará directamente por WhatsApp. Están muy bien hechos y ciertamente impactan cuando comparas el dibujo original con el resultado final, y cuando conoces al artista.

“Tampoco me convence vender dibujos en la calle. Ya me gustaría hacer otra cosa, pero no se me ocurre de dónde puedo sacar los putos cuartos”, lamenta. Y no lo dice para hacerse rico, sino “para poder crear mejor, con más medios”. “El otro día me gasté diez euros con un amigo que me enseñó cómo se pegan los vídeos”, nos revela.
Con mucha prudencia le recordamos que solo los artistas reconocidos disponen de grandes presupuestos. A él le viene a la cabeza hablar de Tàpies, a quien le “hacen tanta propaganda”. “Es como si dieran el premio de los equilibristas al que pasara por encima de una raya pintada en el suelo en lugar de ir allí arriba a jugarse la vida”, denuncia. Para él, los pintores son una gente que tiene un trabajo muy delicado y que se tienen que concentrar y tienen que tener imaginación y conocimientos: “Y Tàpies te dice que una pared estropeada es un cuadro y ya es artístico. Y si no te gusta, es que eres tonto”. Y continúa, indignado, pero sin enfadarse: “Es el cuento del emperador que llevaba una ropa invisible. Yo veo el mundo como aquel niño que le hizo ver que en realidad iba desnudo”.
Quico y Els Bourbons
Le preguntamos si echa de menos algún reconocimiento y nos recuerda una reivindicación de los rambleros que se hizo al final del paseo el año 2010. Recuerda que allí cantaron La Banda Trapera del Río y Pau Riba. Jaume Sisa, no. También estaba el presidente Montilla, pero como figura institucional. “Yo hice unas cuantas actuaciones con un grupo que reuní. Cantamos La Moños, canciones de Lou Reed, alguna de Pink Floyd…”, enumera.
“La Fura dels Baus hacía circo medieval, pero mis compañeros se volvieron punkis”, dice
Además de su carrera como trovador, Quico ha estado en muchos grupos. En La Fura y también en La Tribu de Santi Arisa. “Después hicimos un grupo que se llamaba Els Bourbons. Yo era el Duque de Fiera”, dice. Nos propone que busquemos en Internet una foto donde salían con “unos cojones así de grandes y unas coronas en la cabeza”. Cantaban una mezcla de canciones populares, en inglés y alguna de reggae. Pero el líder tenía sus cosas: “Si él estaba enfadado, todos teníamos que estar enfadados”. “El ego es una máquina más que hay en la vida”, describe, “pero si la fanfarronería de mantener la propia tontería puede más que el interés de hacer algo artístico, ya no vamos bien”.
Se nos acaba el tiempo. Antes de que se vaya le decimos que es todo un personaje, pero él dice que no. “Lo era”, nos corrige. “Ahora ya no sé qué soy”. Se despide de nosotros con afecto y se va para casa “a mirar lo que quede de la novela”. Y después todavía dibujará “un rato”.





