El ‘ramblero’ que dirigió una de las salas más locas de Barcelona

Andreu Asensio
4 de junio de 2026 a las 08:00h
Joan Estrada pla del teatre

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Un señor mayor acompañado de dos perros espera tranquilamente delante del Liceu hasta que llegamos a saludarlo. Es Joan Estrada, artista, promotor, ramblero y, últimamente, productor y director del documental Ramblas. Huimos rápidamente del amparo del Gran Teatre, “símbolo de la burguesía catalana”, como lo define Estrada, y nos desplazamos al inicio del recorrido, justo al otro lado, en todos los sentidos: el Cafè de l’Òpera.

“Al principio yo tenía un piso en la calle dels Banys Nous que compartía con Oriol Tramvia y dos personas más, pero la vida la hacíamos aquí”, dice señalando la terraza de este histórico café. “Te sentabas solo a las cuatro y dos horas más tarde ya era toda tuya porque se iba añadiendo todo de gente que pasaba”, añade. Allí se planeaban protestas, performances e incluso manifestaciones. “Cuando muere Franco, el espacio es la Rambla, desde el Zurich hasta Colón. No cerrábamos nunca, esto era un espacio de reivindicación 24 horas”, relata.

Avanzamos a duras penas entre el polvo y el ruido de las obras de remodelación. Nuestra fotógrafa hace auténticas filigranas para esquivar a los obreros, las vallas y la maquinaria. Con los dos perros, un galgo con pijama que se llama Bibí y una teckel contestataria que se llama Mimí, formamos una compañía insólita que atrae las miradas de turistas y transeúntes. Hablando de unas cosas y otras llegamos al segundo punto de la ruta, un poco deslucido por las obras de rehabilitación, que lo han dejado irreconocible. Es el Teatre Principal, donde estaba la famosa Cúpula Venus que nuestro protagonista inventó en el año 1978 y que dirigió hasta 1986.

Cúpula Venus, “la primera sala alternativa”

“La historia empezó una mañana de septiembre del año 1978”, arranca. Joan formaba parte del grupo de teatro Roba Estesa. “Hacíamos teatro de calle porque así podías llegar a todo el mundo y estábamos especializados en el cabaret alemán”, explica. Habían triunfado en unas fiestas de la Mercè y buscaban un lugar donde establecerse. Él mismo lo comentó aquella mañana en una de esas terrazas colectivas donde se sentaban, entre otros, Ocaña, Federico Jiménez Losantos y el escritor Alberto Cardín. “Ocaña me interrumpió y me dijo que había un lugar perfecto donde Bigas Luna acababa de rodar su primera película, Tatuaje. Era encima del Cinema Principal”, añade.

Efectivamente, sobre lo que entonces era un cine estaban los Billares Montforte y mucho espacio disponible, pero los propietarios del edificio, los Balañá, querían cobrarlo. “Le propuse al señor Datzira hacer la sección cultural de los Billares Montforte y convertirnos en el grupo residente”, dice Estrada. Y funcionó.

Así fue como la Cúpula Venus se convirtió en “la primera sala alternativa” de la ciudad, una cantera donde se consolidaron artistas como Tortell Poltrona, Loles León, Pepe Rubianes, Ángel Pavlosky, Gato Pérez… “Vinieron los clowns de Fellini y también actuaba una travesti peruana que se llamaba Samanta”, recuerda con alegría. Pero aquello no podía durar mucho. “La suerte que tuvimos al principio fue el desgobierno que había en la ciudad. El alcalde Socias Humbert tuvo la vista de traer a Elisa Lumbreras para el área de cultura”, una militante comunista originaria de Cuenca que lo tenía muy claro: “Lo primero era recuperar la cultura de la calle”.

Sin embargo, con el tiempo las tendencias cambiaron. “Hubo muchos problemas de gestión y un día Joan de Sagarra, que era el delegado de Cultura, nos quitó los dos duros que nos daban”. “En la cúpula hacíamos cosas fantásticas, pero nosotros no éramos cultura oficial”, lamenta, y “la dejaron morir”. Cerró el 7 de enero de 1986 y en octubre se anunciaron los Juegos Olímpicos, que fueron “la coartada perfecta para secuestrar la memoria de la Rambla”. “La historia de Barcelona pasó de la muerte de Franco a las Olimpiadas”, considera Estrada. Pero, ¿el ‘delito’ quién lo cometió? “Hay tres jinetes del apocalipsis que son el sida, la heroína y Pujol”, responde. Y, para que quede bien claro, añade: “Para Convergència todos nosotros éramos comunistas, anarquistas, putas, maricones…”.

Dando un salto a la actualidad, y antes de seguir caminando, Estrada no las tiene todas sobre la futura reapertura del Principal. “No me quiero pronunciar”, se excusa. Aunque no aguanta mucho el suspense: “Me cansa mucho este discurso de que recuperaremos el Paral·lel tal como era, el Molino, el Principal, la Boqueria… Estamos haciendo trilerismo cultural”.

Estrada va viure molts anys al número 48 de la Rambla. Foto: Joanna Chichelnitzky
Estrada vivió muchos años en el número 48 de la Rambla. Foto: Joanna Chichelnitzky

El documental ‘Ramblas’

Continuamos caminando y llegamos al último punto del recorrido, el número 15, en la rambla de Santa Mónica: “Después de vivir mucho tiempo en el número 48 vine aquí. Tenía de vecinos a Sisa y a Gurruchaga”. Allí todavía está su quiosco favorito. “Miraba por el balcón de madrugada y bajaba cuando veía que habían traído El País“, recuerda. Era el tiempo en que los quioscos abrían las 24 horas, el mismo en que “los travestis hacían de puta” en la esquina de la calle Santa Mónica, “y después trabajaban en algún cabaret imitando a María Jiménez o a Sara Montiel”.

Esta es la Rambla que Estrada y su amigo Manuel Iborra han recuperado en la serie documental Ramblas, estrenada en Madrid el pasado 2 de mayo. Lo han hecho allí porque la Sala Berlanga estaba muy interesada en esta propuesta de dos “yayos outsiders“, pero en Barcelona no tanto. No es casualidad que se proyectara en el marco de un ciclo llamado Barcelona: la memoria secuestrada, un título puesto por él mismo.

El documental evoca aquel momento del paseo y de la historia de Barcelona en que “no sabías ni dónde vivías ni con quién dormirías aquella noche, vivías al momento”. Recoge el testimonio de veinticinco rambleros de los años setenta y ochenta y tiene una particularidad, muy de aquella época, también. “Está hecho sin un duro”, afirma Joan, orgulloso. “Desde el principio he querido hacerlo así. Ni un euro público, ni un euro privado que no sea nuestro, como lo habríamos hecho en aquel tiempo”. Por eso “el documental tiene un sabor underground, que no es otra cosa que el alma de la Rambla”, concluye.

Estrada, con su quiosquero de confianza, en la rambla de Santa Mónica. Foto: Joanna Chichelnitzky
Estrada, con su quiosquero de confianza, en la rambla de Santa Mónica. Foto: Joanna Chichelnitzky

Joan está moviendo algunos hilos para poder mostrar el documental, aunque no es fácil. También busca un distribuidor para que todo el mundo lo sepa: “Se habla mucho de la madrileña, pero en la Rambla había movida de verdad”. Y todo aquello perdura, por ejemplo, en Loles León. “No le quisieron dar la Medalla de Oro del Ayuntamiento, unos por roja y los otros porque no es catalana”, denuncia indignado. “Loles es más catalana que todos ellos. Es de la Barceloneta y representa mejor que nadie a Barcelona”, sentencia.

Dejamos a Joan, Bibí y Mimí con su quiosquero de confianza. Nos despedimos después de un paseo magnífico y un poco de melancolía. “He vivido 50 años en la Rambla”, confiesa, anticipando algo importante: “Reabrí la Cúpula Venus, impulsé la carpa Rambleros en 2010, que era un homenaje a toda aquella generación, pero no soy ramblista… Quizás es porque soy ramblero“.

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