Aprender a mirar y a mirarse conscientemente no es nunca una tarea fácil, y en la adolescencia aún lo es menos. En este momento vital, la identidad se construye de manera frágil, cambiante y a menudo contradictoria. Y aún más en la era actual, marcada por la inmediatez, las redes sociales y la imagen masiva y efímera.
La imatge que falta, una muestra que se puede ver en la Casa Elizalde hasta el 9 de mayo, parte precisamente de esta fragilidad para convertirla en materia de trabajo artístico y pedagógico. La exposición nace de un proceso de cocreación con un grupo de jóvenes de doce años de la Escola Santa Anna de Barcelona.
El proyecto se ha desarrollado como un laboratorio de creación colectiva impulsado por Carlota Polo, profesora de primaria, secundaria y universitaria; Mireia Pujol, realizadora y directora de cine; y Arola Valls, investigadora en la relación entre fotografía, arte contemporáneo y educación, y profesora en la Universitat de Barcelona.
Las tres, vinculadas alrededor de la Escuela Santa Anna, decidieron sacar adelante el proyecto desde su experiencia en los ámbitos de la educación, el cine y la investigación artística.
Más allá de la producción
“La propuesta no parte de enseñar a producir imágenes, sino de aprender a mirar de otra manera”, dice Arola Valls, una de las comisarias de la exposición en AMIC Cultura, que añade que el hecho de que estemos tan rodeados de imágenes acaba provocando que haya experiencias vitales importantes que precisamente queden sin retratar. Esta tensión entre exceso visual y falta de imágenes significativas es desde donde empezaron a trabajar.
Durante diez semanas, nueve adolescentes trataron la desaceleración de la mirada. “Trabajamos mucho desde la lentitud; la idea era entender que una imagen no es solo un resultado, sino una decisión llena de capas”, explica Valls.
En este sentido, se propuso a los participantes desactivar los automatismos de la mirada, aprender a observar aquello que habitualmente pasa desapercibido y entender la imagen como una construcción simbólica, más allá de su resultado final.

La búsqueda de la “imagen ausente”
El ejercicio central del taller, sin embargo, fue la búsqueda de una imagen ausente: los jóvenes tenían que pensar en una experiencia personal, como una conversación que no tuvo lugar, un momento interrumpido o una emoción difícil de situar y traducirla en una imagen no literal.
"Cuando queremos atravesar una cosa, la tenemos que poder nombrar y ponerle imagen; esto nos ayuda a elaborarla", apunta Valls. Este gesto de visualizar aquello que no se puede ver literalmente se convierte en una herramienta de pensamiento y de trabajo emocional que han querido utilizar a su favor.
El resultado de todo ello son fotografías que no explican literalmente una historia, sino que abren múltiples capas de lectura. Y esto hace que esta experiencia, aparentemente escolar, sea atractiva de cara al público de la Casa Elizalde. “Lo que encontramos son retratos con muchas capas; como espectadores, quizás no llegamos al detalle de lo que les pasa, pero sí que nos sirven de espejo”, explica Valls.
Menos imágenes, más conciencia
En este sentido, el proyecto también cuestiona la saturación contemporánea de producción visual. “No queríamos contribuir a hacer más imágenes que no dicen nada,” afirma la co-comisaria. Por eso se insistió en la idea de economía de las imágenes: menos producción y más conciencia, todo trabajando la paciencia del mundo analógico.
Con todo, han podido generar todo un espacio real de escucha que ha tenido un gran impacto en todo su entorno escolar, y que ya estudian poder extrapolar también a otros colectivos, como el de la gente mayor.

Otra manera de trabajar con jóvenes
El resultado final del proyecto es una exposición de nueve retratos hechos por los nueve participantes. Además, también se exponen toda una serie de objetos que han formado parte de todo este proceso: libretas de campo, conversaciones, ejercicios previos y reflexiones sobre los objetos y los espacios que habitamos.
Con esta muestra de arte, finalmente, se quiere reivindicar una manera de trabajar con jóvenes que no infantiliza ni simplifica sus experiencias. “No son niños haciendo arte, sino trabajando con lenguajes artísticos”, subraya Valls.
Y al terminar de ver la muestra, una pregunta que convierte la exposición en una experiencia de proyección y retorno, donde mirar al otro implica también mirarse a uno mismo. Y a ti, ¿qué imagen te falta?






