¿Qué músculo cultural tienen Barcelona y el área metropolitana para acoger a artistas exiliados que quieren trabajar aquí? ¿Existe el riesgo de que las iniciativas sean más simbólicas que estructurales? Hablamos con artistas que disponen de protección internacional, que viven en la metrópoli y que, a pesar de los retos que supone la llegada a un nuevo país –como la burocracia y la introducción a una nueva cultura–, han conseguido que su arte se integre en el relato cultural de la ciudad. Conocemos también la visión de entidades y de instituciones que velan por ellos.
Eddy Laverde es colombiana e investigadora teatral. Vive exiliada en Sant Cugat del Vallès desde hace cuatro años. Durante meses, sufrió acoso diario por haber denunciado el asesinato de su hermano pequeño, que desapareció un día antes del Estallido, un ciclo de protestas civiles en Colombia contra el gobierno de Iván Duque en el año 2021. El proceso judicial que inició junto con su familia puso a esta colombiana en el punto de mira. El acoso fue a más cuando empezaron a perseguir a los alumnos de las clases de teatro que ella impartía en un barrio humilde de Bogotá. Por eso decidió contactar con una asociación de derechos humanos que le recomendó abandonar el país.
Pasada aquella pesadilla, la actriz explica que, poco a poco, ha rehecho su vida. El teatro, su pasión desde pequeña, la ha ayudado. Su espectáculo Yuyay, que significa memoria en lengua quechua, es un monólogo sobre su historia que ya se ha representado en diferentes espacios culturales metropolitanos. Y el mes de enero estrenó una segunda obra, Ñucanchi, con la compañía Abya Yala, formada por mujeres migrantes que Laverde reúne en Sant Cugat.
“El escenario ha sido un gran punto de encuentro con gente del sector y me ha permitido estar tranquila para poder hablar de mi historia”, dice esta actriz que en Bogotá era miembro de La Candelaria, una compañía con sesenta años de trayectoria. Ahora mismo combina la interpretación con un doctorado con el cual investiga la relación entre el teatro social colombiano y el catalán a través de la compañía La Calòrica. Previamente, se había formado en teatro en el Institut del Teatre y había hecho el máster de Estudios Teatrales para comprender el sistema teatral catalán y entrar en él.
¿Cómo ayuda Barcelona a los artistas exiliados?
La historia de Laverde no es un caso aislado. Aunque no hay ningún recuento oficial de cuántos artistas con derecho a asilo viven en la metrópoli, para tener una aproximación hemos contactado con Artists at Risk, una asociación mundial con sede en Hèlsinki que desde 2013, gracias a una red de más de 300 entidades, ofrece anualmente miles de residencias artísticas en ciudades como Berlín, Cambridge, Reykjavík, Tunis, Sofia, Roma y Barcelona.
Los datos muestran que, desde 2019, la capital catalana ha acogido a catorce de estos artistas, algunos de ellos tan mediáticos como el grupo feminista y punk ruso o el actor ucraniano Aleksei Iúdnikov. Cada año, Artists at Risk hace una primera “evaluación de riesgo” con las solicitudes que recibe en la web y gestiona los trámites de la petición de asilo, la búsqueda de alojamiento y un lugar de trabajo. En el caso de Barcelona, se ocupa la asociación No Callarem.
Las últimas cifras recogidas por la entidad mundial apuntan que, en 2025, 1.302 artistas le pidieron asilo y Barcelona acogió a cuatro: Osama Khalid, actor y pintor de Sudan; Marwa Radi Abu Raida, escritora palestina; Mahsa Mohebali, escritora iraní, y Hossein Zoghi, periodista y actor también de Iran.
Hemos hablado con el sudanés Osama Khalid días después de que haya terminado su residencia en Barcelona. Graduado en Bellas Artes por la Universidad de Ciencia y Tecnología de Sudan, huyó de su país porque, después de la revolución sudanesa de 2018, el conflicto creció exponencialmente hasta que en 2024 estalló la guerra. “Vivir bajo bombardeos constantes era extremadamente difícil”, describe este pintor.
“Yo buscaba estabilidad y no parecía que la guerra se acabara. Mi familia se vio obligada a marcharse. Obtener un visado era difícil, pero gracias a un amigo contacté con Artists at Risk. Me entrevistaron y me ayudaron a trasladarme de un entorno peligroso a un lugar seguro”, continúa explicando Khalid, cuyas obras se centran en el día a día en Sudan y en los sintecho.

Así pues, el 5 de septiembre de 2025 comenzó una residencia artística en Barcelona: “Desde el primer momento sentí una conexión muy fuerte con la sociedad española, y con la catalana en particular. La percibí como una comunidad abierta y acogedora, y rápidamente noté un sentimiento de pertenencia”. Durante cinco meses trabajó en el taller de pintura de Rafa Castañer, en el barrio del Poblenou, una experiencia que Khalid resume como “excepcional”. “Rafa ha sido una figura muy inspiradora. No solo ha sido cercano y comprensivo, sino que me ha animado a crecer artísticamente y personalmente. Lo considero más que un supervisor; es un amigo muy cercano”, añade.
El mismo Castañer reflexiona así sobre qué ha aportado a Khalid: “No lo sabremos hasta dentro de unos años, y solo lo sabrá él, pero creo que le he ofrecido diferencia, exactamente lo mismo que él a mí. Somos antagónicos y a la vez complementarios. He podido presentarle mi mundo y compartirlo, con humildad y una actitud honesta”.
Aparte del día a día con el pintor barcelonés, Khalid ha entrado en contacto con artistas de La Escocesa, también en el Poblenou, que es uno de los espacios culturales con quien No Callarem hace red. Aparte, la entidad trabaja desde el inicio con el CCCB, y con los años se han sumado equipamientos como el Ateneu Popular 9 Barris, el Ateneu Barcelonès, el PEN Català, el Centre d’Arts Santa Mònica, Espronceda y la Fàbrica de Creació Fabra i Coats.
“Es muy importante tener apoyo”
Desde Artists At Risk tienen claro que este entramado cultural es clave para la integración. “No es fácil ser artista cuando eres de Barcelona, pero es cincuenta veces más difícil cuando vienes de otro lugar. Es muy importante tener mecanismos de apoyo”, comparten Marita Muukkonen e Ivor Stodolsky, cofundadores de Artists at Risk, desde Colombia vía llamada.
¿Cómo germinó la colaboración entre la entidad mundial y Barcelona? Todo comenzaba en 2018, cuando No Callarem, aún sin apoyo municipal, acogió a la rapera de Kenia Grammo Suspect. Aquel año, Muukkonen y Stodolsky vinieron como ponentes al BccN Barcelona Creative Commons Film Festival del CCCB. Lo aprovecharon para reunirse en el Parlament de Catalunya con quien entonces era primer teniente de alcalde de la ciudad, Gerardo Pisarello, y el antiguo teniente de alcalde de Derechos Sociales, Jaume Asens, para plantear cómo Barcelona podía ser ciudad de acogida para artistas exiliados.
“A menudo funciona así: primero tienes que conseguir que vengan los artistas, los políticos ven cómo se implican en las comunidades y entonces el programa arranca. Lo hacemos en varias ciudades”, relatan los cofundadores. El apoyo municipal y de la Generalitat se consolidó en 2022 con el actor ucraniano Aleksei Iúdnikov, que estaba en Rusia en el momento de la invasión. Gracias a Artists at Risk hizo una primera residencia en Helsinki y posteriormente en Barcelona, concretamente en Fabra i Coats. Eva Sòria, directora de Innovación, Conocimientos y Artes Visuales del Institut de Cultura de Barcelona (ICUB), explica que se trataba de una “respuesta de emergencia” y de un apoyo que con los años se ha consolidado.

Doble apoyo: políticas culturales y temáticas
Más allá de Artists at Risk, ¿a qué programas puede acceder un artista exiliado en la metrópoli? Desde el ICUB detallan que “las bases de la convocatoria general de subvenciones públicas no tienen una política de acogida concreta para artistas con derecho a asilo porque son lo suficientemente amplias y los criterios ya responden a ello de manera positiva”. Estaríamos hablando de aspectos como, por ejemplo, que la obra tenga una temática social o un impacto en el territorio. Sòria argumenta que “una ayuda concreta respondería a un tipo de gasto que debería venir de otro lado”.
Si nos fijamos en proyectos a los que el Ayuntamiento da apoyo porque acogen artistas o visibilizan el hecho de vivir en el exilio –o, ampliando más el foco, haber migrado–, destacan , entidad que desde 2004 ayuda a artistas refugiados, o Red Teja, en la que colaboran el Centre d’Arts Santa Mònica y La Escocesa. Otra iniciativa destacada son las Residencias Internacionales de Escritura de Vil·la Joana dentro del programa Barcelona Ciudad de la Literatura.
Si hablamos de muestras de arte que destacan el exilio o el hecho de migrar, Sòria hace referencia a la exposición Com pedres als palmells, brases i flama, comisariada por Chiara Cartuccia, que se puede ver hasta el 31 de mayo en La Fabra Centre d’Art Contemporani y que aborda, a partir de voces internacionales, la relación entre la destrucción, las ruinas y las historias de resistencia anticolonial en la región mediterránea. También destaca la colaboración que esta primavera hace La Capella con la comisaria palestina Manar Idrissi y las artistas locales Nora Ancarola y Pamela Martínez Rod.
Además, algunos residentes de Artists At Risk han participado el mes de marzo en el ciclo Cinestèsies, cine y pensamiento del Ateneu Fort Pienc. Se pudieron ver las pinturas de Khalid y él mismo ofreció una actividad con Castañer. “Damos apoyo a los directores artísticos que ponen estos temas sobre la mesa, ya que no puede ser de otra manera”, remachan desde el ICUB.
Presencia, pero en circuitos periféricos
Es indiscutible que hay ayudas. Sin embargo, los artistas consultados comparten que es laborioso asomar la cabeza en un ecosistema cultural barcelonés que a veces puede resultar hermético. Así lo ha vivido Laverde: “He participado en espacios culturales, pero siempre alternativos. No he tenido la oportunidad de hacer un espectáculo con una compañía catalana o de participar en algún espacio con gente profesional. Tengo una gran disciplina hacia el oficio, pero hasta ahora me he dedicado a hacer trámites administrativos para reconstruir mi vida”.
Sea como sea, y aunque se trata de un proceso lento, la colombiana está orgullosa de haber llevado Yuyay a salas de l’Hospitalet, a centros cívicos barceloneses, al Ateneu Candela de Terrassa o al espacio teatral recientemente desaparecido Periferia Cimarronas de Sants, dedicado al teatro afrodescendiente. “A las salas pequeñas de Barcelona como el Tantarantana y que tienen más eco mediático no he llegado por muchas dinámicas del sector, como por ejemplo que la temática a veces no interesa”, lamenta.
Sin embargo, la creadora divisa un horizonte de esperanza, porque Yuyay se ha representado el mes de marzo en el teatro de la Universitat Autònoma, hecho que considera “muy importante, ya que a pesar de ser un teatro de pequeño formato se han hecho espectáculos que han acabado en la Beckett”. Además, ahora que ya domina la lengua catalana, ha escrito Ñucanchi, una obra que ha estrenado recientemente en el Ateneu del Raval. Optar por el catalán ha sido una toma de conciencia lingüística que confía que se materialice en oportunidades laborales: “Como en cualquier país, el teatro se tiene que hacer con la lengua del territorio”.
En el caso de Khalid, él comenta que la lengua ha sido el principal reto para acceder al ecosistema cultural barcelonés. “Aun así, he trabajado para superarlo aprendiendo castellano y utilizando el inglés. Aprender catalán ha sido más difícil. Hay pocos recursos en mi lengua materna [el árabe]”, explica.

Desde el punto de vista de las asociaciones, otra dificultad para favorecer la integración de los artistas exiliados son los recursos de los que disponen. Con el apoyo que reciben del Ayuntamiento de Barcelona, de la Diputación de Barcelona, del Ministerio de Cultura y del de Asuntos Exteriores, las entidades Artists at Risk y No Callarem hacen malabares para ofrecer a los artistas todo lo que se proponen: darles de alta en la Seguridad Social, gestionar el permiso de residencia, buscarles alojamiento, contratarles dentro de la entidad y ofrecerles acompañamiento psicosocial. Tal como afirma Fernando Paniagua de Paz, de No Callarem, los problemas de vivienda en Barcelona hacen difícil que todos los artistas vivan aquí y, por ello, hace años que colaboran con otros espacios de creación y de residencia artística como Konvent Zero, en el Berguedà, o La Cremallera, en Ribes de Freser.
A pesar de las dificultades, desde Artists at Risk celebran que Barcelona es una de sus ciudades “más colaboradoras y estables”. Es un ejemplo que No Callarem ha ganado recientemente, junto con una decena de entidades, una subvención llamada Europa Creativa que se otorga a redes internacionales y con la cual podrá destinar, durante tres años, un millón de euros a la acogida de artistas. “Esto nos ayuda a proyectar con seguridad”, apunta Paniagua de Paz. Aparte, la entidad mundial recibe regularmente otras financiaciones europeas.
¿Por qué son necesarias estas voces?
Con todo, hay una cuestión de fondo en este reportaje que tiene que ver con el hecho artístico en sí mismo: ¿por qué son necesarias las voces de los exiliados? “Nos aportan diversidad y riqueza. Una ciudad que da voz a artistas que están en situaciones límite enriquece el debate cultural”, manifiestan desde el Ayuntamiento. Desde No Callarem afirman que “el vínculo que se establece entre los artistas acogidos y el espacio de experimentación es muy rico y positivo”.
En definitiva, Barcelona y el área metropolitana no son solo espacios donde refugiarse del ruido de las bombas o de las amenazas, sino una ciudad de acogida que dispone de un tejido cultural capaz de ofrecer continuidad creativa gracias a entidades, espacios independientes e instituciones públicas. No es un camino fácil, pero el actual ecosistema cultural hace que marchar al exilio no sea una renuncia constante, sino también un lienzo en blanco listo para crear de nuevo, como expresa el pintor sudanés: “No veo Barcelona como un lugar de exilio, sino como un espacio de posibilidades mucho más amplio en comparación con las limitaciones que he vivido”.




