“Todavía se relaciona el claqué con el cine musical antiguo, con Fred Astaire y Ginger Rogers y, en cambio, está mucho más cerca de un espectáculo rítmico. Pero para que los programadores lo sepan lo tienen que ver, y no vienen”. Estas palabras son de Clara Martínez, bailarina y profesora en Luthier, una de las escuelas de claqué de referencia en Barcelona. La queja de Martínez es compartida por otros bailarines de la ciudad que, a pesar de llevar muchos años compartiendo espacios con numerosos estudiantes internacionales, luchan por dar a conocer la disciplina y hacerse un hueco en la programación cultural barcelonesa.
“He reservado entradas para programadores incontables veces y no han aparecido. ¿Cómo podemos enseñarles lo que hacemos? No sé si es que no confían o no les interesa”, lamenta Martínez, que recientemente ha puesto en marcha un quinteto de jazz donde el claqué es “un instrumento más”. Hasta ahora han actuado en un restaurante del Born, pero ahora se han propuesto acceder a los circuitos profesionales de jazz. “La primera oportunidad la hemos encontrado en un festival muy conocido de Frankfurt y este verano actuamos en Bélgica”.
Según esta bailarina, el desconocimiento del claqué es el principal Talón de Aquiles para que las compañías asomen la cabeza en la programación barcelonesa. Todo ello, en una ciudad que las fuentes de este reportaje citan como “la capital de Europa del claqué” y que se encuentra a las puertas de la celebración del Día Internacional del claqué, este lunes 25 de mayo.
Barcelona, ¿capital de Europa del claqué?
Guillem Alonso es, desde 2011, el director de la escuela Luthier, situada en la Dreta de l'Eixample de Barcelona. Alonso, además, es bailarín de la prestigiosa compañía de claqué Camut Band, fundada en 1994, con una larga trayectoria de espectáculos propios que se han representado en la ciudad, en el Estado y en todo el mundo. La experiencia de Alonso le lleva a afirmar que, más allá de Estados Unidos, país madre del género, si hablamos de Europa, Barcelona es la capital del claqué. Uno de los pilares indispensables es, según explica, las escuelas que apuestan por ello desde hace décadas, como El Timbal, Coco Comín, Elisenda Tarragó o Memory. La peculiaridad de Luthier es que, como en los otros centros mencionados, se imparten clases de teatro o danza, pero tiene mucha más oferta de claqué.
¿Y por qué Luthier atrae a tantos bailarines extranjeros? “Hay alumnos alemanes, por ejemplo, que nos explican que en sus ciudades hay un solo profesor de claqué. Aquí hay clases 24 horas al día con quince profesores, además de una comunidad fuerte y muchos espectáculos para ir a ver. No hay ningún otro lugar donde puedan encontrarlo”, comenta Martínez desde una de las aulas de Luthier, donde imparte clases. Esta internacionalidad, de hecho, ella la vive de cerca con su otra compañía, La Banda Street Groove, donde mezclan el claqué con la danza urbana y la percusión corporal y que está formada por cinco catalanes, un francés, un italiano y una colombiana establecidos en Barcelona que vinieron atraídos por la formación profesional de Luthier.
Una comunidad local fuerte, pero las oportunidades fuera
Martínez introduce el concepto ‘comunidad’, uno de los puntos clave que los entrevistados destacan, a pesar de las dificultades, para continuar al pie del cañón en una ciudad a menudo hostil para el claqué. “Hay mucha familiaridad. Nunca he sentido que tuviera que competir con alguien, hecho que quizás pasa en otros sectores artísticos”, valora la bailarina.
Esta palabra también cobra fuerza en una reciente publicación de la bailarina e investigadora Gisela Noguero. En El claqué a Barcelona: la història d’una comunitat (El Punt Volat), la artista explica cómo el claqué se consolidó en la ciudad a partir de los ochenta con figuras clave como los hermanos Méndez, Mireia Font, Toni Mira, y posteriormente, con los citados Guillem Alonso y Clara Martínez.
La época de oro del claqué se sitúa entre los noventa y el 2010
El libro recoge una idea a la que da apoyo Alonso: la época de oro del claqué se sitúa entre los noventa y el 2010, cuando la comunidad era muy fuerte y había mucho trabajo. “La Camut Band hacía muchísimas giras, no parábamos de trabajar”, afirma. Pero la crisis del 2008 afectó la programación cultural de los ayuntamientos, indispensables para el sector. “Nos decían que cobraríamos al cabo de un año y medio”, recuerda el bailarín, que añade que se rehízo gracias a su incorporación a la escuela Luthier. Desde entonces, el sector volvió a respirar, a pesar de que la crisis del coronavirus impactó de nuevo.
Quien también ha hecho malabares para encontrar trabajo es Martínez con La Banda Street Groove, nacida a partir de una residencia en el Centro Cívico Barceloneta, un equipamiento municipal especializado en danza. A pesar de haber formado parte de la programación de diversos centros cívicos, del programa Barcelona Distrito Cultural, La Mercè o el Dansa Metropolitana, la bailarina detalla que “las oportunidades van con cuentagotas” y que, en general, se les reconoce “más fuera de casa que aquí”, donde parece que hacer claqué “no es suficiente, sino que a menudo debe estar enmascarado de teatro familiar, por ejemplo”. Concretamente, Martínez detalla que con esta compañía llevan tres años intentando acceder al circuito escolar de danza y que “no hay manera”.

Programar claqué: desconocimiento y encasillamiento
Hasta ahora hemos hablado del problema del desconocimiento hacia el claqué, pero las fuentes consultadas añaden un segundo inconveniente, el encasillamiento. “Antes se programaba arte en general y ahora hay más exigencia. Los programadores se han querido especializar. Antes tú hacías un espectáculo que combinaba circo, claqué y cómico y era más bienvenido”, comenta Alonso. Por su parte, la autora de El claqué en Barcelona: la historia de una comunidad añade que la “gracia del claqué es que tiene muchas facetas”. En general, los espectáculos bailan entre dos aguas, ya que mezclan danza y música. “Como está todo compartimentado, a veces se nos considera espectáculos de danza, un circuito donde cuesta entrar. Si la danza ya está invisibilizada, ¿el claqué dónde queda?”, lamenta Noguero.
En este sentido, los entrevistados denuncian que la inexistencia de un convenio laboral para el sector de la danza hace que a veces los teatros o salas hagan con ellos “lo que se quiere”. Noguero ahora mismo trabaja como bailarina en la compañía Teatre al detall, lo que facilita las condiciones, ya que el teatro sí que dispone de convenio laboral.
"Si la danza ya está invisibilizada, ¿el claqué dónde queda?", dice Noguero
En el caso de la danza en Cataluña, solo se dispone del Pacto Laboral que impulsó en 2005 la Associació de Professionals de la Dansa de Catalunya (APdC) y que afecta a las compañías adheridas y a los profesionales vinculados a la asociación, pero no a todo el sector. Cèsar Compte, gerente de la APdC, explica que ahora mismo la entidad trabaja con la Associació de Companyies Professionals de Dansa de Catalunya para “equiparar el pacto con un convenio” con unas nuevas medidas que, entre otras, prevén “ajustar los precios de los espectáculos, los ensayos, reconocer las bajas laborales”. Está previsto que se ponga en marcha este verano.
A pesar de estas actualizaciones, Compte tiene claro que el problema de fondo es otro: “La falta de un convenio laboral no impide hacer más o menos contrataciones de bailarines de claqué, se trata del desconocimiento que hay sobre la danza. Desde la APdC hacemos un trabajo importante para que la danza salga en las programaciones”.

“No podemos dejar de bailar”
“Una de las conclusiones que he extraído del libro es que, a pesar de las dificultades, se sigue picando piedra. No podemos dejar de bailar”, sentencia Noguera. Ella, precisamente, es miembro de Tot pel claqué. Creada por Guillem Alonso, Mireia Font y Maribel Pascual hace 27 años, es la única asociación de España dedicada a la difusión del género y, de hecho, alrededor del Día Internacional del Claqué, organizan diversas actividades. Para empezar, el próximo lunes invitan a disfrutar de un documental dedicado a Gregory Hines y conducido por Ruben ‘Fruty’ Pérez en la Occulta del Raval a las 19 h. Después harán entrega del Premi Claqueta 2026 a la bailarina y profesora de la Escola Luthier, Roser Font. El próximo 30 de mayo continuarán la celebración con la Gala de las creaciones emergentes en el Centre Cívic Casa Groga a partir de las 12 h y el día 31 celebran en Sants la 22ª edición de Claqué al carrer, una fiesta dedicada al género que organiza anualmente Tot pel claqué.
Por otro lado, la búsqueda del prestigio en Barcelona también pasa por una escena que, lejos de los grandes focos, mantiene el género en movimiento a través de pequeñas compañías, espacios alternativos y encuentros abiertos. Uno de los puntos de referencia barceloneses es el Teatre Golem’S de Gràcia, donde el último domingo de cada mes se celebran sesiones de música en directo y claqué dirigidas por Laia Molins que reúnen a artistas y público habitual del circuito. A esto se suma el encuentro que tiene lugar el primer y el tercer domingo de cada mes en el parque de la Ciutadella, un espacio gratuito y abierto donde bailarines improvisan al aire libre, a menudo acompañados por músicos en directo.

En este ecosistema también destacan, entre otras, compañías barcelonesas como Cotton Bros; The Hot Shoe Sugars, compañía formada por dos inglesas (Dominique Cresswell y Brooklyn Barber) y una francesa (Marie Wils) que llegaron a Barcelona para estudiar la formación profesional de Luthier y se han acabado estableciendo; La Banda Street Groove y la compañía de Clara Martínez que actuará el 19 de junio dentro del ciclo Ritme en el Centre Cívic Can Felipa. A esta actividad constante se añaden propuestas como el espectáculo Sed de ritmo, de la veterana Camut Band, que estos días gira por el territorio catalán.
Barcelona, por lo tanto, se ha convertido en un refugio europeo del claqué: una ciudad con escuelas especializadas, una comunidad internacional consolidada y una escena que no ha dejado de crear a pesar de la precariedad y la invisibilización. Pero el contraste es evidente: mientras estudiantes llegan de todo el mundo para formarse aquí, las compañías locales continúan topando con la falta de programación, el desconocimiento institucional y el encasillamiento de un género que muchos asocian a tópicos del pasado. Aun así, la comunidad del claqué continúa picando piedra desde los centros cívicos, los teatros pequeños y los espacios públicos con la convicción de que, tarde o temprano, Barcelona acabará reconociendo aquello que ya hace años que ve el resto de Europa.




