Ànima es un musical que se puede ver hasta el 24 de mayo en el Teatre Tívoli. Es una historia de tenacidad: a pesar de los cajones donde el proyecto durmió unos cuantos años, a pesar de las productoras que miraron hacia otro lado, a pesar de un sector –ojo, ¡no es el único!– que no siempre sabe reconocer lo que tiene delante. Ànima es, un espejo perfecto de esta tenacidad irreductible que permite convertir una pasión en una realidad. Antes de ganar el concurso que permitió su estreno en el Teatre Nacional de Catalunya, el proyecto encajó negativas, aguantó el peso de la duda, se reformuló y sobrevivió al desánimo. Una trayectoria que, sin que fuera buscada, convierte el musical en una declaración de principios: la historia que cuenta —la de una chica, Greta, que quiere ser animadora en un mundo que no ha sido pensado para ella— es, también, la historia de cómo ha nacido el montaje. En Núvol ya hemos hablado del musical, y no me extenderé, más allá de decir que es una obra que realmente vale la pena, y el libreto y las canciones funcionan como un engranaje perfectamente ejecutado por un elenco en estado de gracia.
Pero el 29 de abril, con motivo del Día Internacional del Diseño, la función que la compañía Vero Vero ofreció en el Teatro Tívoli invitó a treinta y cinco ilustradoras. Si como cantan en una de las piezas del musical “cada estrella es un sueño que alguien ha conseguido hacer realidad”, en el teatro había treinta y cinco estrellas, treinta y cinco historias reales –que podrían haber sido muchas más– paralelas a la que se desarrollaba encima del escenario. Treinta y cinco sueños llenos de ilusión, persistencia, talento, desengaños y por encima de todo, tenacidad. Porque si bien, para dibujar, “con un lápiz basta”, para sobrevivir profesionalmente en este mundo difícil, quizás hace falta alguna cosita más.
Las artistas fueron llegando poco a poco, pasaban por taquilla a recoger las invitaciones y se camuflaban entre el público con una naturalidad que no engañaba a nadie que sepa mirar. Pelo rojo, moños sujetos con un lápiz —la herramienta, el emblema, la prolongación del pensamiento—, miradas chispeantes. Autoras veteranas, curtidas en mil batallas, y otras jovencitas, recién salidas del huevo, se reencontraban lejos de la mesa de dibujo y hablaban, como siempre hablan quienes han convertido su pasión en su trabajo o viceversa, del último libro publicado, del nuevo proyecto que bulle en el estudio, de las ideas que aún no han encontrado forma. Risas, besos, abrazos, bromas. Cola para hacer pipí. Varias generaciones compartiendo el mismo espacio, el mismo entusiasmo levemente nervioso del que sabe que aquella noche será especial sin saber muy bien por qué. Palomitas.
La función se desarrolló con el despliegue de pasión que la compañía Vero Vero ha sabido imprimir a esta versión más dinámica y reducida del espectáculo. Desde las butacas, las ilustradoras seguían el relato de Greta con aquella atención particular que pone quien no solamente ve una ficción sino que reconoce un itinerario. Alguna asentía ligeramente ante ciertas escenas, con la cabeza inclinada unos milímetros, el gesto involuntario de quien confirma aquello que ya sabe. Más de una lágrima. Piel de gallina ante una identificación que no era sentimental, sino estructural: aquello que pasaba en el escenario había pasado, de una manera u otra, a muchas de las que se sentaban en la platea. Al final, con el público de pie y aplaudiendo, Paula Malia pidió silencio en la sala para anunciar la presencia de las ilustradoras. El Tívoli reanudó una ovación que hizo temblar las paredes. La gente del gremio del lápiz, que somos mayoritariamente solitarios, taciturnos, agorafóbicos, llevamos muy mal las aglomeraciones. Y aún peor si nos convertimos de alguna manera en el centro de atención. Mientras las palmas retumbaban en el teatro, alguna miró de reojo la localización de las salidas de emergencia. Otras calculaban si se podían esconder bajo la butaca. Difícilmente ninguna otra función de Ànima podía conseguir una conexión más directa con la platea que con el público de aquella noche donde había tantas autoras y parejas, padres y amigos, gente que ha vivido, sufrido y alentado carreras artísticas desafortunadamente demasiado similares a lo que se acababa de ver bajo el damasco rojo del Tívoli. Al finalizar, las artistas subieron al escenario. La fotografía de grupo con el elenco que se hizo al final es una imagen nítida y rotunda: treinta y cinco maneras de persistir.
No es, sin embargo, una cuestión de cifras. La incorporación de la mujer al mundo de la ilustración, la animación y el cómic ha sido a menudo narrada en términos de conquista –como si se tratara de invadir un territorio ajeno– cuando en realidad se trata de una simple normalización de aquello que nunca debería haber sido de otra manera. Ningún ámbito debería ser patrimonio exclusivo de un solo género, y menos en el artístico, donde la diversidad de miradas es la condición de posibilidad de cualquier riqueza. Ahora bien, lo que aquí hay que subrayar es que la verdadera transformación no ha sido la integración femenina en estructuras preexistentes. No basta con que las mujeres hagan el mismo trabajo que antes hacían los hombres, al servicio de las mismas ideas, dentro de los mismos formatos. La revolución –y la palabra no es excesiva– ha llegado cuando las ilustradoras han podido llevar a cabo sus propios proyectos: cuando han puesto el talento a disposición de su propia mirada, no de la de los demás. De aquí han surgido nuevas temáticas, nuevas sensibilidades, nuevas maneras de construir un relato a través de la imagen. Un territorio visual que no existía porque nadie lo había trazado. Este es el futuro que queremos, donde el talento de nuestras artistas nos enriquece, nos perfecciona y nos hace mejores. Esperamos haber dejado completamente atrás el tiempo en que una carrera artística femenina quedaba siempre a la sombra de su pareja masculina, como pasó a Montserrat Barta (1906-1988) o Antònia Trenchs (1913-1939), o cuando el talento de las artistas se usaba para perpetuar el machismo estructural, como lo que pasó a Trini Tnturé (1935-2024), Purita Campos (1937-2019), o Carme Barbarà (1933). Vale la pena leer Marika Vila, que ha estudiado y explicado muy bien cómo el dibujo, bajo la mirada masculina, se ha utilizado como herramienta de construcción política y social.

En aquella fotografía con el elenco de Ànima la mayoría veréis un grupo de chicas risueñas. Pero tras cada sonrisa hay una lucha, una historia, una estrella que brilla con la luz de un sueño cumplido. Por encima de todo es la fotografía de una constelación de talento. Porque sobre el escenario del Tívoli, lo que chispea es la ternura onírica de la Mercè Tous, el cromatismo atmosférico de Anna Valpuesta, la introspección acuarelística de Marta Casals, la ternura naïve de Marta Palet, el vigor expresivo de Júlia Olivella, el vitalismo gozoso de Mónica Roca, la introspección plástica de Teresa Calbó Angrill, la feminidad etérea de Tania Luque, la ligereza juguetona de Elena Pedrola, la colorida calidez de Miriam Fernandez Diaz, el detallismo delicioso de Sara Sánchez, la contundencia irónica de Lyona (Lyona Ivanova), la sutileza evocadora de Marta Rovira, la elegancia austera de Laura Varela, la ductilidad preciosista de Aina Pongiluppi, la fuerza lírica de Natalia Balza, la vibración emotiva de Alba Martí, el expresionismo etéreo de Montse Fortino, la sensiviliatat expresiva de Glàfira Smith (Andrea Ferrando), el erotismo exuberante de Rainvart (Rocío Vidal), la luz mediterránea de Sílvia Pons, la versatilidad experimental de Alba Domingo, la contundencia poética de Maria Beitia, la fluidez plástica de Eider Santos, la minuciosidad grafítica de Laura Reixach, la afabilidad infantil de Maria Josep Subirachs, la audacia gráfica de Maria Losada, la expresividad fascinante de Eva Sánchez, el oficio afilado de Anna Mongay, las filigranas líricas de Elena Val, la experimentación bulliciosa de Rosa Vidal, la espontaneidad brillante de Mercè Galí, el coraje novel de Aina Vegas y la jovialidad desinhibida de Chuchu (Sónia González). No sé si puedo imaginar la posibilidad de vivir en un mundo capaz de dejar escapar todo este talento. Pero Catalunya es hoy uno de los principales focos de creación europeos en el ámbito de las artes visuales y lo es, no gracias a la industria ni las instituciones, sino, justamente, por la tozudez de las autoras a seguir el camino que les dicta el fondo del alma.

Celebramos la existencia de Ànima –queda poco, bajan el telón pronto, ¡id!– de su celebración del talento, de su voluntad de inspirar a los que vienen detrás. La puesta en escena es deliciosa, las canciones enganchan, los actores bordan una filigrana interpretativa, pero por encima de todo, Ànima es, en este sentido, un ejemplo preciso de aquello que hemos estado describiendo. No solo una buena idea de Oriol Burés sobre una chica que quiere cumplir su sueño en un mundo de hombres es, también, un producto creado desde una mirada que sabe de qué habla porque la ha vivido. Y la tarde que treinta y cinco ilustradoras —con todas las diferencias de trayectoria, de edad, de estilo que las separan, con todas las semejanzas: vivencias, ilusiones, miedos, desprecios que las unen— subieron juntas a aquel escenario no fue solamente un gesto simbólico, sino la demostración, en carne y en lápiz, de que la persistencia colectiva es la única respuesta eficaz ante una industria que, demasiado a menudo, continúa haciendo ver que no hay nada que ver.




