Victor Kiswell es de París y hace cinco años que vende vinilos en su piso de la calle de Avinyó, en el Gótico de Barcelona. Asegura que tiene entre 6.000 y 7.000 y que los conoce todos. “No es una gran cantidad, pero esto es lo que quiero: si busco una canción, sé exactamente dónde está”, dice Kiswell después de apagar un cigarrillo. Hablamos en su comedor delante de una estantería a rebosar de álbumes que ha comprado o intercambiado en Japón, Líbano, Turquía, Italia o Suecia, entre otros países donde ha viajado. Hace dos décadas que los vende a productores, pinchadiscos, hoteles y restaurantes. Solo hay que pedir hora a través de su web, subir al piso y dejarse recomendar.
Esta historia arranca hace 25 años, cuando, todavía en París, este coleccionista decidió que no quería encaminar su vida hacia las diversas carreras que había cursado, sino seguir lo que le mandaba el alma, que se movía a ritmo de soul. Desde joven combinaba su trabajo en una tienda de discos con la carrera de Biología. Después cursó lenguas orientales y antropología, pero la pasión por este estilo de Estados Unidos lo impulsó a vender álbumes que en aquel momento era extraño encontrar en Francia. “Me dije a mí mismo ‘tengo muchos discos, compro constantemente y tengo repetidos. Es el momento de venderlos’”, detalla. Ahora bien, este melómano no quería trabajar en una “tienda convencional” ni estar “esclavizado” a unos horarios, sino “poder viajar, trabajar de noche si quería o recibir clientes a medianoche si al día siguiente tenían una actuación y necesitaban discos”, concreta.
Enseguida encontró una manera de vender vinilos que él define como “hacer masajes en las orejas”. Desde el primer día, Kiswell recibe a los clientes en casa, en el inmenso comedor donde estamos hoy. Los invita a tomar algo y juntos remueven y escuchan música “durante tres horas si es necesario”. En París recibía sobre todo coleccionistas japoneses que le pedían jazz, pero también música brasileña. “Me especialicé en bossa nova y samba grabadas por grupos suecos, italianos, polacos o españoles”, detalla el vendedor.
Un buscador de músicas enamorado de Barcelona
En 2021, durante la pandemia, se “cansó” de París y decidió trasladarse a Barcelona. Según explica, conocía la capital catalana a través de los viajes que había hecho previamente para pinchar música en salas. “Me enamoré de la ciudad: me cautivó la arquitectura, la historia, la sensación de libertad, la falta de juicios, la luz y, claro, el clima”, relata.
Una vez aquí, se ha dedicado a recoger álbumes de música africana, caribeña y árabe, la cual ofrece a todo tipo de público. “Aquí, tanto puede venir un productor reconocido como un chico que compra su primer disco. No hago distinción de clientes, solo hay que pedir cita, como si fuera un médico”, bromea.
Si se entra en su perfil de Instagram, lo primero que se lee es que se define como un “buscador de músicas extrañas”, ya que tiene álbumes difíciles de encontrar. Le pregunto cuáles son los discos más peculiares que tiene. “Las ediciones destinadas a la radio y la televisión, porque se hacían tiradas muy pequeñas y cincuenta años después quedan muy pocas”, comenta enseñando el álbum Stringtronics, una edición inglesa de música de biblioteca británica. “Es un disco muy buscado por los coleccionistas”, presume.
Este disco concretamente lo consiguió haciendo un intercambio en uno de sus viajes como DJ, los cuales aprovecha para buscar tesoros escondidos. Es así como introduce que en el mundo de los coleccionistas hay que saber “jugar”. “Si tienes mucho dinero puedes comprar cualquier disco pagando el precio máximo, pero eso no me interesa, la gracia es encontrarlo barato. Busco en lugares donde casi nadie va”, detalla.
En Barcelona revuelve tiendas como discos Paradiso (Ciutat Vella), BCore Disc (Gràcia) o Discos Redondo (Ciutat Vella). A pesar de las horas que le dedica, no siempre sale satisfecho: “Para lo que yo busco, no hay muchas tiendas aquí. Si es necesario, voy a Valencia, Tarragona o Castelldefels a comprar”. Pero su mina de oro son los anuncios que ve en el diario o en plataformas en línea, como Todocolección, ya que en cuanto a la venta de discos de segunda mano en la ciudad, como en los Encants, critica que “no son especialmente interesantes”.
Una vez lleva los vinilos a casa, los clasifica en estanterías, pero ninguno lleva el precio. Kiswell detalla que la horquilla va de los veinte a los mil euros. A pesar de la sorprendente diferencia, él remarca que no se debe confundir caro con mejor calidad: “El precio medio de un buen disco, sin que sea especialmente extraño, es de entre treinta y cincuenta euros”.

La mayoría de los clientes, expats y viajeros
En cuanto a la escena del vinilo en Barcelona, Kiswell, que a menudo prueba la noche barcelonesa, considera que, por un lado, es un sector “pequeño” y que “hay más gente que quiere pinchar que lugares donde hacerlo” y, por el otro, que “en términos de carácter, para conectar con la gente local, no es fácil”.
¿Y quién le compra vinilos? Tal como explica, quien más lo visita es un público que ganó terreno sobre todo después de la pandemia: los expats o las personas adineradas que están de paso en Barcelona. Preguntado por qué opinión tiene de este público y más aún teniendo en cuenta que se beneficia de ello, enseguida reconoce que “forma parte del movimiento” porque se ha establecido aquí, pero remarca que “hay que distinguir entre dos fenómenos: el turismo de bajo coste y la gente con dinero que quiere una vida más dulce”. Sobre la poca clientela local, dice que no sabe si es “cuestión económica, falta de tiempo, por ego, miedo a que sea en mi casa o simplemente falta de curiosidad”.
Uno de los debates actuales en la ciudad es si la presencia de expats y la visita masiva de extranjeros empeoran la salud del ocio nocturno y, en consecuencia musical, de Barcelona. En este sentido, él defiende que habría que favorecer un turismo de más calidad: “Lo que se podría hacer, por ejemplo, sería no ofrecer vuelos de Londres o de Mánchester a Barcelona que valgan treinta euros y potenciar una oferta cultural más diversa. La solución no es atacar a los turistas que comen una paella en la calle”.
En contraposición, él considera que desde su piso de la calle de Avinyó “ayuda a descubrir músicas catalanas y españolas a los extranjeros”. De hecho, se considera un “vendedor de souvenirs”, ya que hay discos de flamenco-jazz que son “un regalo magnífico para llevarse”.
Antes de aterrizar en Barcelona le gustaba el pianista Jordi Sabatés i Navarro y una vez aquí ha descubierto a los catalanes Esqueixada Sniff, al mallorquín Joan Bibiloni y, de españoles, al madrileño Luis Paniagua, al cual conoció en persona. “Por suerte, todavía hoy sigo encontrando discos nuevos cada semana”, comenta.

“No pongo la música que la gente espera”
Más allá de la venta de discos, el coleccionista vive de diversos proyectos. Hace años hizo un documental sobre la música de los setenta en Barcelona con el cual entrevistó a la Orquesta Mirasol, de quien es un gran fan. Hoy en día sigue trabajando con este proyecto. Además, a menudo lleva sus vinilos a diversas salas de Barcelona como La Paloma, a Nitsa –las fiestas de electrónica de Apolo– o a La Nau. Comenta que le queda pendiente actuar en Marula, un local que tiene al lado de casa.
Lo que más disfruta de la noche es el “riesgo” de mezclar sonidos tan diferentes: “No acostumbro a pinchar lo que la gente espera, me gusta salir de la rutina porque puedo poner dos canciones de música latina, después una africana, una de árabe y volver a la latina. Esta mezcla es precisamente lo que hace más interesante cada sesión”.
Finalmente, como tenía que ser, acabamos la conversación delante de sus dos tocadiscos. Desenfunda el álbum Salsa catalana de la orquesta Mirasol, firmado por sus integrantes, a quienes conoció ahora hace un año. “Uno de ellos vive en Gràcia, me queda cerca”, dice con una sonrisa de oreja a oreja.






