La gastronomía puede convertirse en una herramienta de cohesión social. Bajo esta premisa abre cada día la confitería La Colmena, que hace más de un siglo que llena la despensa de los vecinos del barrio Gótico. Desde la plaza del Àngel, la familia Roig vende decenas de caramelos y dulces, entre los que destaca el turrón de crema quemada, reconocido como el mejor de España en el año 2022.
El origen del negocio se remonta a 1849, cuando lo inauguró el primer propietario, Rosendo Abella. En aquel momento, la pastelería se conocía como Ca l’Abella y el establecimiento estaba situado en la bajada de la Llibreria, justo delante de su ubicación actual. No fue hasta 1868 que la familia Costa adquirió la tienda, la reubicó y le puso el nombre de La Colmena.
Más adelante, la pastelería cambió de propietarios y pasó a ser de Morató y Santpera en 1912 y de la familia Camps en 1921. Hasta que, en 1927, los hermanos Josep y Francesc Roig adquirieron el negocio, que actualmente regenta su nieto, Josep Maria Roig.

Entre turistas y locales
La coca de Sant Joan, el roscón de Reyes, el pan de Sant Jordi y los buñuelos de Cuaresma son algunos de los productos más exitosos de La Colmena. “Nuestra misión de toda la vida es promover la tradición local a través de la gastronomía”, explica Sílvia Roig, de la cuarta generación de pasteleros. Aunque apunta que la mitad de los clientes que pisan el local son turistas que pasean por los alrededores de la Catedral de Barcelona, Roig destaca que en fechas señaladas el vecindario confía en La Colmena para endulzar los encuentros con amigos y familiares. “Cuando vienen más clientes del barrio es en días especiales”, añade.
Precisamente, el Ayuntamiento reconoció el año pasado La Colmena con el premio Barcelona Sustainable Tourism por su papel en la preservación del patrimonio cultural. El galardón, destaca la labor de la confitería en la transmisión de las recetas tradicionales catalanas, sobre todo en un contexto en el que cada vez es más difícil mantener el legado de la artesanía. “Hay que proteger los comercios emblemáticos, que han desaparecido en los últimos años por culpa del aumento de los precios del alquiler y la falta de relevo generacional”, recalca Roig.
Ante la proliferación de las cadenas de panaderías, La Colmena mantiene vivo el espíritu de barrio y colabora con entidades como el Casal dels Infants o la Fundació Roure, haciendo de los dulces un pretexto para fortalecer el vínculo con la comunidad.




