Un pasado que no se esconde del presente

‘Passeig de Gràcia’ (Àfora Focus Edicions i Comanegra), de Roger Bastida, gana el premio Santa Eulàlia de novela de Barcelona 2026.

16 de febrero de 2026 a las 09:47h
Actualización: 17 de febrero de 2026 a las 09:19h
Roger Bastida, ganador del Premi Santa Eulàlia de novela de Barcelona. Eli Don / ACN

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Coincidiendo con las fiestas de la patrona de invierno de Barcelona, se ha anunciado el ganador de la cuarta edición del premio Santa Eulàlia de novela de Barcelona: Roger Bastida (L'Hospitalet de Llobregat, 1990), con su novela a la vez histórica y profundamente contemporánea, en cuanto a la forma, Passeig de Gràcia.

Roger Bastida, ganador del Premio Santa Eulalia de novela de Barcelona. Eli Don / ACN
Roger Bastida, ganador del Premi Santa Eulàlia de novela de Barcelona. Eli Don / ACN

Convocado por Comanegra y Àfora Focus Edicions y dotado con 25.000€ y una escultura de bronce de Antoni Camarasa, es el premio organizado por editoriales independientes mejor remunerado del país. Se concibió con el objetivo de empujar a la creación de novelas que no solamente destacaran por la calidad formal, sino que tuvieran la habilidad de acrecentar Barcelona, sumando capas de historia a la percepción usual y estableciendo el carácter que ha conservado a lo largo de todas sus transformaciones en unos tiempos en que, como consecuencia del turismo y la inmigración masiva, a menudo cuesta delimitar qué le es propio. El jurado —compuesto por Francesco Ardolino, Alba Cayón, Jordi González, Enric H. March y Laura Tejada— ha calificado la novela de este año como la realización impecable de aquello que imaginaban al empezar el concurso; la decisión se tomó por unanimidad absoluta. Alba Cayón, editora de Comanegra y miembro del jurado, resalta “la audacia de centrar la obra en una zona tan emblemática y tan estudiada de Barcelona” sin que la popularidad del escenario se la lleve por imaginarios comunes; su “equilibrio entre la pura ficción y la inclusión de materiales de archivo bien seleccionados”; el esfuerzo de recreación histórica que no está reñido con un punto de vista contemporáneo y la capacidad que demuestra para vincular el conjunto a los principales debates actuales de la ciudad; la integración de personajes históricos, además de iconos culturales y artísticos de la ciudad, sin caer nunca en tópicos; y, último pero vital, el dominio de Roger Bastida para conducir la lengua de la época “manteniéndola fresca, viva y natural para el lector de hoy”.

Després de tres edicions amb premiats d’una generació —Lluís-Anton Baulenas, 1958; Sylvia Lagarda-Mata, 1961; Maria Carme Roca, 1955—, en Roger Bastida, de només trenta-cinc anys, s’hi incorpora com a representant de les generacions més joves. Llicenciat en Història de l’Art amb els estils de vida del 1900 com a àrea d’especialització, cavalcant entre els segles XIX i XX, treballa en el món audiovisual madrileny com a assessor històric de sèries com La Templanza, Ena, la reina Victoria Eugenia, o Sira. Confessa el pes de la seva professió en els elements que prenen presència quan escriu: al cap i a la fi, un assessor històric s’encarrega dels invisibles del món televisiu. Les minúcies d’ambientació en drames d’època prenen protagonisme únicament si traeixen la credibilitat d’una escena; la resta del temps, la tinta concreta amb què s’ha firmat un document, el maquillatge d’una jove, l’origen del marbre d’un bust queden eliminats de les nostres consideracions. Així, en la novel·la històrica d’en Roger Bastida no hi tiranitzen les figures dominants i conegudes dels llibres de text, ni els tractats que ara conservem rere un vidre als museus, sinó el formigueig que conformava el 97% de la població i que la historiografia, per les complicacions d’arxivar l’entramat d’unes existències amb molt menys registre escrit, oblida. Sense ignorar el pes dels diners i l’autoritat de les classes burgeses i nobles en els moviments de la ciutat, Passeig de Gràcia s’endinsa en aspectes d’aleshores, propis de les ‘vides menors’, que fan possible contrastar-nos-hi perquè trepitgen el nostre mateix terreny: l’economia de la classe treballadora, l’habitatge, les accions humanes, desapercebudes, que obren les portes a les grans accions recordades d’altra gent i que són les que se’ns assemblen. La resurrecció d’aquestes vides mudes fa prendre consciència de com la majoria dels ara vius no haurem bategat mai, en mans de la historiografia futura, i de quants atzars del passat són els que ens han constituït, fins a quin punt eren altes les nostres probabilitats de no ser aquí per relacionar-nos amb els universos que ens envolten. Fent que ens albirem alhora des del passat i des del futur, doncs, Passeig de Gràcia desautomatitza les rutines del present.

Para que las voces antiguas no queden ahogadas, Roger Bastida se aleja de sí mismo para escribir: recoge cartas de otros tiempos, recortes de prensa, los detalles ajenos que son objetivables y que dificultan, por tanto, conducir la historia por las vías de una ideología personal. Critica duramente la tendencia de los últimos tiempos de poner en boca de subjetividades pasadas los valores morales contemporáneos, cuando una de las grandes riquezas de la novela de época es tener que enfrentarnos a la relatividad histórica de aquello que nos parecía universal, atemporal. Sin duda, su firmeza en este punto ayuda al efecto global de salir a las calles conocidas de la ciudad, después de leer Passeig de Gràcia, y chocar con la percepción de que Barcelona ha sido indefinidamente alterada.

Cualquier certamen que tenga un territorio como eje obliga a la pregunta: ¿por qué, de entre los barrios y calles del territorio en cuestión —Barcelona—, elegir el paseo de Gracia? Al contrario que las Ramblas, es un espacio aún no perdido para los barceloneses; un espacio de paseo por placer, adecuado para contemplar qué elementos se mantienen o mueren con el paso de las épocas. Además, ofrece un festín de materiales al escritor: clases de los tres extremos, aristocracia, burguesía y la trabajadora, se mezclan; unifica la ruta turística, extranjera, la realidad cosmopolita, con la artística, histórica, la más local. La capacidad de Roger Bastida para inducir movimiento en el paseo de Gracia, de una apariencia que se transforma según las autoridades que lo ocupan, ha llevado a Fèlix Riera, editor de Àfora Focus Edicions, a describir el libro como “una biografía del poder”.

Su composición formal es uno de los aspectos más destacables de la novela ganadora. En vez de adoptar el estilo narrativo casi archivístico, frío, que caracteriza frecuentemente las obras de género histórico, Passeig de Gràcia elabora descripciones inundadas de emoción, de vivencia interna de los personajes. Devuelve a su esplendor la arquitectura y los paisajes no como los retrata, perennes, una imagen fotográfica, sino como quedarían en el recuerdo si uno de nosotros los hubiera conocido entonces y ya no estuvieran, o ya no estuvieran como los amábamos. En otras palabras, en la descripción de los edificios emblemáticos entrelaza la materialidad arquitectónica con la arquitectura de la interioridad humana.

Es clave su deseo de conseguir “una obra del 2025”. Bastida no busca elaborar un pasado que desde cualquier ángulo de mirada y sociedad histórica se mantuviera estático; quiere construir una novela que, sencillamente por el tipo de herramientas formales que aprovecha, resulte contemporánea, inconfundible. Estas herramientas formales son las de una estructura narrativa que contiene en sí misma la relación entre individuo y mundo de nuestros días: fragmentada, diversa, estimulante en su falta de respuesta directa y unidad. Es lo que Riera ha descrito como la “materialidad de trencadís”, una multitud de miradas de antiguos seres vivientes se intuye a través de fragmentos dispersos de archivo, como rotos, que aislados no resultarían significativos pero que el arte ordenador de Bastida convierte en reveladores respecto del conjunto, de las tramas de vida que fabula a base de encajar piezas perdidas de otros relatos que sí que se produjeron. La suya es una novela de resignificación del documento. Lejos de limitar los horizontes de la obra, este método particular de tratar el pasado hace posible una doble lectura: para empezar la clásica, lineal, que sigue el placer del argumento; después, la moderna, inspirada en el juego y en el reto, que rescata al público de la vieja posición como receptor pasivo y le otorga los derechos de un interlocutor —y de segundo creador, en su papel hermenéutico—.

Es la primera novela no lineal del autor, y, según comentaban al acabar algunos miembros del jurado, probablemente será la obra con la que dará el salto a nuevas ligas.

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